La minoría de edad y la necesidad de repensar al niño como ciudadano

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Por: Andrés Gaitán Luque*

La familia y la escuela son espacios relacionales al servicio de la vida: la familia como sujeto colectivo y la escuela como institución social. Ambas tienen la responsabilidad fundamental de dar la palabra al niño, de permitir que sea responsable y de que sea sujeto de derechos. Sin embargo, en la medida en que quitan la palabra al niño, la familia y la escuela están siendo “quitadoras” de vida, de la existencia.

Por eso considero importante plantear la diferencia entre cuidado y protección. Si bien todos los seres humanos necesitamos ser ‘protegidos’, sobre todo en las primeras etapas de nuestra vida para poder sobrevivir, es preciso que esta protección no se vuelva un mecanismo que ‘controle’ nuestra vida. Los primeros años del ser humano están fuertemente sometidos a acciones de control de los adultos a cargo, pero ¿qué debemos hacer para que estas acciones no impidan el crecimiento y la construcción de una vida en la que la autonomía esté presente?

Es difícil una relación con los cuidadores, padres y maestros en donde el tono relacional proteja y a la vez propicie la autonomía. Es evidente que sin protección los niños probablemente no sobrevivan, pero los adultos no pueden vivir por ellos. La protección no tiene que ver con evitar el esfuerzo, obviar las dificultades o hacer la vida artificialmente fácil. La autonomía no tiene que ver con la soledad, la carencia de solidaridades, la autosuficiencia absoluta o el desamor.

Los adultos a cargo, aunque controlan buena parte de la acción, no son dueños absolutos de la misma. Ellos son un actor más y legitiman en la acción a los niños como otros protagonistas, los hacen responsables, permitiendo que construyan respuestas, las justifiquen y las defiendan. Su palabra es la respuesta. Es ella la que los hace responsables. El sujeto autónomo es un sujeto que responde, pero para que ello sea posible debe tener palabra. Esta solo aparece en relaciones en las cuales “otro”, en este caso el adulto, la confirma en la relación. Solo tenemos palabra en espacios de confirmación, solo podemos ser autónomos cuando existimos en los espacios relacionales como pares, cuando actuamos como protagonistas con todas las potencialidades y limitaciones de cualquier protagonista.

En el espacio relacional existen controles, pero no me controlan en un sentido estricto sino que existe una regulación. Al pertenecer a este espacio relacional obtengo el cuidado que me otorga la pertenencia, la seguridad de ser alguien en la relación y la fuerza de existir como sujeto autónomo.

Quizá desde esta perspectiva enunciada anteriormente, es posible romper con la “minoría de edad” y obtener estatus completo de ciudadano. No es posible la ciudadanía sin participación. Cuando mis acciones están controladas por otros no puedo existir como ciudadano.  El argumento de la protección hace que otros controlen mis actos y que respondan por mí. Al no ser responsable se me arrebata mi palabra. Al ser niño y menor de edad no puedo responder, no soy ciudadano, mi participación se restringe y mi autonomía es arrebatada. Es por eso que afirmo que se le quita al niño la existencia.

La ciudadanía únicamente es posible en espacios de participación y sólo si se permiten espacios relacionales de pares, por lo tanto si el niño es par en la relación con los adultos se puede hablar de ciudadanía. La crianza no puede ser un espacio de asalto al carácter de ciudadano que tiene el niño y mucho menos puede serlo el espacio educativo escolar. Cada vez que quito la palabra a un niño y me hago responsable por él, le remuevo su estatus de ciudadano.

Foto Galo Naranjo

La protección no puede ser la disculpa para asaltar la ciudadanía; el derecho a ser protegido no puede violar el derecho a ser considerado como ciudadano. Los controles de la protección tienen que respetar la autonomía y la palabra del otro, por lo tanto yo protejo a la vida para posibilitarla, no para esclavizarla.

El amor es el elemento que puede regular la relación protección-control. Solo en contextos amorosos de crianza y socialización es posible que nuestros niños florezcan, que la autonomía exista y que propiciemos la existencia de ciudades habitadas por ciudadanos, sin distingo no solo de raza, clase social, sexo, etnia y religión, sino también de edad.

*Coordinador del Centro de Estudios y Servicios en Pedagogía y Familia de la Universidad Pedagógica Nacional y líder del grupo interinstitucional de Investigación Familia y Escuela. Docente de la Universidad Pedagógica Nacional, Facultad de Educación.

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