He ejercido la docencia durante gran parte de mi vida. Primero, acompañando a jóvenes de bachillerato en la adquisición de conocimientos y el desarrollo de habilidades esenciales para construir su proyecto de vida. Luego, en la universidad, tanto en pregrado como en posgrado, ayudándolos a prepararse para materializar su propósito desde la opción vocacional que eligieron.
En cada una de estas experiencias, la evaluación ha sido siempre un desafío, especialmente cuando algunos estudiantes no alcanzan los objetivos del curso y deben repetir materias o incluso el año escolar. No es fácil asumir que todo el esfuerzo de un año o de un semestre académico se desvanece por no alcanzar los logros esperados.
A todos los que hacemos parte del sistema educativo nos deben interpelar las cifras de deserción y repitencia. Más aún cuando en Colombia, desde la pandemia, el número de estudiantes que pierden el año ha aumentado. Según el Ministerio de Educación, en 2023 aproximadamente 725.563 niños perdieron el año, de un total de 10 millones de estudiantes. Estas cifras nos exigen un cuestionamiento profundo sobre cómo estamos enseñando y acompañando a los estudiantes. No podemos reducir esta problemática a la simple falta de esfuerzo individual.