«La escuela, el escenario donde tejemos y sanamos historias»

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Por Rocío Castellanos Morales* 

A la fecha, varias de las instituciones educativas calendario A del país ya hemos sobrepasado el primer mes de presencialidad con aforo completo. Este ha sido, quizás, el año en que el regreso a clase nos ha generado mayor expectativa a toda la comunidad educativa, por las implicaciones que hoy vivimos, luego de haberse tenido que suspender, por casi dos años, la cotidianidad de la educación presencial, debido a las medidas de confinamiento por la pandemia del Covid-19. 

Hoy, más que nunca, a los docentes nos apremia un especial interés por establecer cómo están nuestros estudiantes y estamos llamados a hacerlo, no solamente desde lo formal, entendido como el establecer su nivel de competencias cognitivas. Más allá de esto, estamos convocados a conectarnos muy especialmente con su sentir, sus percepciones, sus modos de ver el mundo, tras la vivencia de estos últimos años. Sin esta información, difícilmente tendremos un panorama general del aula y lo que en ella se juega para este año escolar.

Desde la institucionalidad se han generado diversas herramientas que permiten medir competencias. En mi concepto, algunas de ellas han incluido acertadamente la medición de competencias emocionales. Sin embargo, no podemos olvidar que tenemos en la narrativa una herramienta muy pertinente, si valoramos la resignificación de las experiencias, no solo de los estudiantes, sino de la comunidad educativa en general.  

No es vano que en la escuela coincidan diversos actores con roles tan definidos; es un pequeño escenario cuando se piensa en tantas y tantas confluencias, en el entramado social que allí se genera. Y si bien es cierto que este escenario puede ser visto desde la complejidad, otros preferimos verlo desde la riqueza, una riqueza que se alimenta de los encuentros de culturas, las conversaciones, las argumentaciones, los saberes y los conocimientos que allí se producen.  

Para autores como el doctor en pedagogía Luis Núñez y la doctora en educación Tania Mateos, la narrativa es la forma más directa de acercarse a la experiencia del otro; y para los doctores e investigadores en educación Clandinin y Conelly, su implementación es apenas lógica por nuestra condición innata de contadores de historias. Para mí, como docente, la narrativa es un deleite porque desde las historias que relatan o proyectan esos otros, puedo verlos con un prisma que pocas herramientas lo permiten. 

En esta nueva etapa de la pandemia, es comprensible que tengamos en la escuela muchos afanes, como el afán por cumplir con los planes de estudio y el afán por resarcir los deficientes resultados de las últimas pruebas Saber, pero en medio de esos afanes no podemos perder el norte de lo esencial: lo humano. Vernos hacia dentro, conectarnos con el otro y escuchar, desde el corazón, lo que tiene que decir ese otro y lo que tenemos que decirnos a nosotros mismos. Eso es lo que la narrativa nos invita a hacer. Quizás, de ese modo, nuestra labor sea más significativa y acertada.  

* Maestra, licenciada en Psicopedagogía, especialista en Desarrollo Humano y magister en Intervención Social.

1 COMENTARIO

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