Juan, el guerrero de pie equinovaro

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Crónica
Proyecto Prensa Escolar
Estudiante de Benposta
Bogotá
2022

El 7 de febrero de 2010 nació en Bogotá el niño Juan David Cely Calderón, con una enfermedad llamada pie equinovaro, que es cuando una persona nace con los pies torcidos. Ese niño tenía una sola cura, que era hacerle la cirugía del Tendón de Aquiles.
Ese niño soy yo. Mi madre sintió un dolor muy grande y, aun así, me hicieron la cirugía a los ocho meses, en la que me pusieron una serie de objetos y unos yesos. Al ver lo ocurrido, mi madre estuvo muy pendiente de mí. Se dedicó a hacerme los masajes y cambiarme los yesos. A mi mamá le tocaba comprar zapatos ortopédicos.
En ese momento yo tenía 4 años, y en mi casa estaba pasando una serie de situaciones difíciles. Mi padre le pegaba a mi mamá, y yo tenía muchas ganas de quererlo matar. Un día, mi papá le pegó tan duro que le dejó una cicatriz en la boca. Cuando tenía 6 años, falleció mi padre y yo me enteré por una psicóloga porque mi mamá no fue capaz de decirme.
Mi padre murió en un accidente de tránsito. Yo en ese momento me sentí tan mal, me quería desaparecer del mapa. Al día siguiente conocí a un compañero en mi barrio llamado Óscar. Con él reía, jugaba y éramos los mejores amigos. Mi mamá supo de una escuela de fútbol de las ligas menores de Santa Fe. Allá gané muchos partidos y me dieron muchas medallas y aprendí lo suficiente para ser un buen jugador.
Atrás había quedado mi problema de mi pie equinovaro, porque lo superé.

Lo superé porque mi mamá me ayudó en todo. Me motivó a arreglar mis pies.
En especial, me acuerdo de un partido que tuve en la Mesa, donde quedamos de segundas porque yo tapé el último partido y solo me hicieron un gol. Ellos nos ganaron porque los taparon todos. Aun así, eso no me desmotivó porque yo podré ser mejor que el otro portero.
Pero, por mi comportamiento, mi mamá decidió sacarme del equipo. Respondía mal y les pegaba a mis compañeros.
Un día, por la tarde, mi mamá y yo nos fuimos a cortar el pelo y la peluquera nos contó sobre Benposta. Mi mamá iba a tomar la decisión de mandarme a los 8 años, pero yo le dije que no, por miedo a que me separaran de ella.
A los tres años tomé conciencia y decidí ir. Me pareció muy bonito, y por lo tanto me quedé y aprendí a ser respetuoso con todo el mundo.
A pesar de todos los problemas que he tenido, salí adelante como uno de los mejores guerreros: afronto los problemas con valentía y sigo los consejos que me dan.
Hoy tengo 12 años y me siento contento de estar en Benposta. Mi mamá tiene 29 años y, a pesar de los muchos problemas que ha tenido, ella también es una guerrera. En estos momentos ya va a terminar la universidad y me ha contado que todo lo que ha hecho es porque quiere ver a su hijo como una de las mejores personas. Ambos, ella y yo, somos unos guerreros.

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