Por: Alvaro Duque Soto*
La artista y crítica de tecnologías australiana Tega Brain creó una extensión para navegadores llamada Slop Evader. Su función consiste en ocultar todo lo publicado luego del 30 de noviembre de 2022, fecha del lanzamiento de ChatGPT. Quien la instale deja de ver artículos, fotografías y reseñas elaborados con IA o listados generados de forma automática. En su lugar aparecen blogs personales, foros especializados y sitios web con contenido escrito por personas reales.
Brain define su herramienta como una forma de protesta antes que como un acto de nostalgia. El costo es alto, porque se pierde acceso a más de tres años de información. Aun así, el intercambio resulta razonable para quienes la adoptan. Una internet silenciosa, aunque incompleta, les parece preferible a una red atiborrada de contenido engañoso.
El gesto de Brain refleja un fenómeno más amplio. Cada vez más personas evitan las noticias para proteger su salud mental ante la predominancia de información negativa. Otros aceptan renunciar a la actualidad con tal de escapar de la basura digital, que, en palabras de Cori Crider, una de las mayores especialistas en derechos digitales, “está pudriendo nuestro cerebro”.
Ese malestar tiene fundamento en el desorden informativo que nos agobia. La sensación de saturación nos empuja a dejar el procesamiento de datos en manos de las máquinas que los ofrecen.
Un doble problema
La ciencia documenta ya el impacto de esa delegación. Un estudio reciente de Michael Gerlich, de la Swiss Business School, confirma las sospechas. Quienes usan herramientas de IA con frecuencia muestran menores habilidades de pensamiento crítico.
La causa es la “descarga cognitiva”. Esta expresión define la tendencia a permitir que las máquinas resuelvan tareas que antes hacíamos nosotros.
Los números de la investigación son contundentes. El uso intensivo de IA dispara la descarga cognitiva y esta, a su vez, derrumba el pensamiento crítico. A mayor delegación mental corresponde menor capacidad de análisis propio. Uno de los hallazgos más llamativos es que los jóvenes de entre 17 y 25 años mostraron cifras más altas de esta dependencia.
Gerlich sostiene que las herramientas de IA “no son inherentemente perjudiciales”, aunque advierte que enfrentamos un desafío creciente, aprovechar su eficiencia sin perder la autonomía de pensamiento.
El escenario plantea un reto doble. La web se llena de basura producida por y con IA, de slop, y el consumo pasivo nos impide detectarla. El slop degrada el ecosistema informativo y la descarga cognitiva afecta nuestra capacidad de navegarlo.
Congelar internet como propone Brain es una respuesta extrema. La alternativa viable es construir una “web pequeña” propia, un conjunto de fuentes, herramientas y prácticas para filtrar la basura sin renunciar a la actualidad.
En esa dirección van los cinco puntos que completan el decálogo iniciado en la entrega anterior, cuando se expusieron las primeras cinco acciones: salir del algoritmo, equipar el navegador con detectores, vacunarse mediante juegos de inoculación, pausar antes de compartir, y aprender a leer imágenes.
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Ir a la fuente primaria
El slop se multiplica en sitios que repiten contenido sin verificarlo. Un artículo generado por IA cita otro que a su vez cita un tercero. La cadena se alarga y el origen se diluye. Es un teléfono roto a gran escala. Cuando se rastrea el origen, suele aparecer un dato incompleto, una frase sacada de contexto o, en muchos casos, una fuente que nunca existió.
Buscar la fuente primaria nos obliga a un paso que la automatización intenta evitar. Ese esfuerzo es precisamente lo que mantiene activo el pensamiento crítico y reduce la dependencia de intermediarios que replican información sin revisarla.
En la práctica, el método es sencillo. Si una noticia menciona un “estudio reciente”, conviene localizar ese estudio. Si un artículo afirma que “expertos aseguran”, es necesario identificar a esos expertos. Si un video cita una declaración, vale la pena revisar la versión completa. El esfuerzo toma pocos minutos y mejora de forma notable la precisión con la que entendemos lo que ocurre.
Repositorios académicos como Google Scholar, PubMed, SciELO o JSTOR, así como los sitios oficiales de instituciones públicas, ofrecen un entorno más confiable que los portales diseñados para atraer clics. Usar esas fuentes reduce además la circulación de contenido dudoso.

Buscar donde el slop no campea
Los motores de búsqueda tradicionales indexan el slop junto con el contenido legítimo. Si más de la mitad del contenido web es sintético, más de la mitad de los resultados también lo serán. Una búsqueda simple puede mostrar páginas enteras de material artificial antes de ofrecer una fuente confiable.
Una alternativa razonable consiste en usar buscadores que dan prioridad al contenido humano. Kagi ofrece filtros para ocultar material generado por IA y su función SlopStop bloquea dominios conocidos por producir basura. Marginalia indexa solo sitios personales, blogs, páginas sin publicidad. Wiby recupera el espíritu de la web anterior a las redes sociales y destaca páginas personales y proyectos pequeños creados por usuarios comunes, no por grandes plataformas.
Existen otras opciones útiles. Mojeek ofrece resultados propios sin depender de grandes plataformas. 4get, Qwant y Brave permiten búsquedas sin que se registren nuestros hábitos ni modifiquen los resultados. SearXNG combina resultados de distintas fuentes sin repetir las mismas páginas una y otra vez. También servicios como Perplexity, You.com y Andi, usados con cuidado, son muy útiles para contrastar información cuando se ajustan sus filtros.
Google sigue siendo necesario para muchas consultas, aunque conviene alternarlo con estas herramientas. Cambiar de buscador es cambiar de perspectiva. Y cambiar de perspectiva ayuda a construir una web pequeña propia.
Exigir y practicar transparencia
La mayoría del slop circula sin advertencias que indiquen su origen sintético. Distinguirlo del contenido humano exige atención y paciencia. La solución de largo plazo requiere regulación y estándares técnicos como C2PA, un sistema que añade una “ficha técnica” dentro del archivo para que cualquiera pueda comprobar su origen y sus ediciones. La solución de corto plazo pasa por adoptar hábitos simples que hagan más visible el origen del contenido.
Exigir transparencia implica premiar con atención a quienes declaran cuándo y cómo usan herramientas de IA. Seguir, compartir y comentar a quienes son honestos sobre sus métodos. El mercado de la atención responde a incentivos. Si las audiencias valoran la honestidad, la honestidad se vuelve atractiva.
Ese mismo criterio debe aplicarse a las propias publicaciones. Si usamos IA para redactar, editar o generar imágenes, hay que decirlo. La Unión Europea trabaja en un Código de Prácticas sobre etiquetado de contenido sintético previsto para 2026. Anticiparse fortalece la credibilidad y ayuda a fijar una conducta que debería ser habitual en cualquier creador responsable.

Resistir la descarga cognitiva
Este punto responde al hallazgo de Gerlich. El riesgo no está en usar la herramienta, sino en usarla sin pensar. Aceptar la primera respuesta del chatbot como si fuera cierta. Copiar y pegar sin leer. Dejar que la máquina complete decisiones que requieren criterio humano. Cada vez que aceptamos una respuesta sin revisarla, dejamos de usar nuestro propio criterio.
La resistencia práctica implica mantener hábitos de pensamiento activo. Leer la respuesta completa antes de aceptarla. Verificar datos concretos como fechas, nombres y cifras. Reformular preguntas para obtener perspectivas diferentes. Escribir un borrador propio antes de pedir ayuda. Tratar a la IA como interlocutor que puede equivocarse, no como oráculo.
El fenómeno tiene también una dimensión laboral. Un estudio de Stanford y BetterUp encontró que el 40% de los trabajadores de oficina en Estados Unidos había recibido “workslop” en el último mes, contenido generado por IA plagado de errores que termina dando más trabajo del que quita. Además de debilitar nuestra capacidad de reflexión, la descarga cognitiva puede estar haciéndonos trabajadores menos efectivos.
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Habitar la web pequeña, no solo consumirla
El slop crece cuando escasea el contenido auténtico. Por eso cada uno de nosotros puede llenar esos espacios con lo que las máquinas no producen bien: experiencia propia, fuentes concretas, opiniones argumentadas, reconocimiento de los límites de lo que sabemos, respuestas a preguntas, dudas reales. Aportar contenido genuino es una forma de resistencia activa.
Nabiha Syed, directora ejecutiva de la Fundación Mozilla, ha planteado que “cuanto más se normalice el slop, más la gente buscará espacios donde la interacción sea más humana y menos algorítmica”. Yancey Strickler, cofundador de Kickstarter, llama a ese ecosistema el “bosque oscuro”: newsletters, podcasts, foros especializados, canales de nicho. Lugares donde apartarse del ruido algorítmico y encontrar conversaciones reales. Incluso Instagram reconoce esa tendencia. Su director, Adam Mosseri, ha advertido que a medida que los feeds se llenan de contenido sintético, los usuarios tienden a buscar imágenes que se perciban como más reales e imperfectas.
La web pequeña no es un sitio fijo. Es una manera de crear y sostener esos espacios. Crear contenido auténtico mantiene viva esa web pequeña. Y ese gesto conecta con la última práctica del decálogo: evitar el slop es solo la mitad del trabajo, la otra es ofrecer alternativas que valgan la pena.
Diez prácticas para una web vivible
Las diez prácticas ya están sobre la mesa. Salir del algoritmo, equipar el navegador, vacunarse contra la manipulación, pausar antes de compartir, leer imágenes, ir a la fuente primaria, diversificar buscadores, exigir transparencia, resistir la descarga cognitiva y crear contenido auténtico. No implican desconectarse. Requieren decisión y constancia.
Ninguna resolverá el problema del slop por sí sola. Es un fenómeno amplio, alimentado por incentivos económicos y por la velocidad con que producimos y consumimos información. Pero, cuando se vuelven hábito, estas prácticas dificultan su avance y refuerzan nuestra capacidad de decidir qué aceptar y qué descartar.
Brain propuso congelar internet. Este decálogo plantea algo más modesto y más viable: bajar la velocidad, cuestionar antes de aceptar, elegir mejor. Igual que no consumimos medicamentos sin pruebas, tampoco deberíamos aceptar productos digitales que no demuestren ser seguros. Y, a diferencia de otros ámbitos, nadie puede hacer ese trabajo mental por nosotros: cuidar la atención y entender cómo pensamos es parte de la defensa.
En períodos electorales, cuando la información circula con más presión, más emoción y menos contexto, esa defensa se vuelve urgente. Eso, en la práctica, es la web pequeña. No es un sitio. Aparece cada vez que decidimos no tragar entero lo primero que se nos aparece en internet, incluidas redes y chats.
*Ph.D. en Ciencia Política de la Universidad de Turín (Italia). Ha sido docente e investigador de temas de comunicación política, periodismo y educación mediática e informacional. Miembro del equipo Educalidad.





































