En tiempos en los que la vida escolar transcurre entre plataformas, dispositivos móviles e inteligencia artificial, la privacidad se ha convertido en un tema pedagógico urgente. La filósofa Carissa Véliz, profesora de la Universidad de Oxford y autora del libro Privacidad es poder, advierte sobre cómo el monitoreo constante de nuestra vida cotidiana por parte de las grandes tecnológicas erosiona los fundamentos de nuestra libertad.
Recientemente reconocida por el diario El País como una de las diez pensadoras tecnológicas más influyentes del mundo, Véliz propone una reflexión que interpela de manera especial a la escuela: ¿estamos formando ciudadanos capaces de proteger su vida digital y comprender el poder que entregan cuando comparten sus datos?
Durante su visita a Colombia en el Hay Festival, Andrés Zambrano, miembro del Equipo Educalidad y periodista de El Tiempo, conversó con Véliz sobre cómo la erosión de la privacidad no es simplemente un asunto tecnológico, sino una amenaza directa contra la autonomía humana y, en consecuencia, contra la democracia.
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Autonomía en la formación ciudadana
Para Véliz, la autonomía significa tener poder sobre la propia vida. Y la privacidad es una condición necesaria para ejercer ese poder.
En países como Colombia o México —explica— entendemos intuitivamente que no se debe entregar información sensible a cualquiera. Sabemos que dar la dirección de la casa o los datos bancarios puede generar riesgos. Sin embargo, en el entorno digital esa conciencia se diluye, porque no vemos físicamente quién recoge la información ni cómo la utiliza.

Para la escuela, este punto es clave: los estudiantes comparten datos, imágenes y opiniones sin dimensionar las consecuencias futuras. Un comentario en redes sociales, una fotografía o un dato personal pueden influir años después en oportunidades académicas o laborales. La consecuencia no es inmediata, pero el impacto puede ser profundo.
Véliz recuerda una historia ilustrativa: cuando el bailarín Rudolf Nureyev pidió asilo en Francia, las autoridades garantizaron que estuviera al menos cinco minutos a solas antes de tomar su decisión, sin presiones externas. Ese espacio de privacidad fue decisivo para ejercer su autonomía.
La pregunta para la escuela es inevitable: ¿estamos garantizando espacios de reflexión y decisión autónoma en un entorno hiperconectado y vigilado?
La privacidad no es individual: es colectiva
Un aspecto especialmente relevante para la comunidad educativa es que la privacidad no es solo personal o individual. Es también colectiva. Cuando un estudiante publica información sobre su familia, su colegio o sus compañeros, está compartiendo datos que afectan a otros.
Esto interpela directamente las políticas escolares sobre uso de redes sociales, consentimiento informado y protección de datos. La educación digital no puede limitarse al manejo técnico de herramientas; debe incluir una ética del cuidado hacia los demás.
Plataformas, poder y democracia
Las grandes empresas tecnológicas suelen escudarse en la libertad de expresión para resistir regulaciones. Sin embargo, Véliz señala cuando una empresa como una plataforma o una red social recolecta muchísimos datos para luego usarlos e influir en las personas, eso no tiene nada que ver con la libertad de expresión.
El escándalo de Cambridge Analytica en 2018 mostró cómo los datos personales pueden utilizarse para influir en elecciones. Aunque el caso generó indignación global, las transformaciones estructurales han sido limitadas.
En este escenario, la escuela cumple un papel esencial: fortalecer el pensamiento crítico, la verificación de información y la confianza en el periodismo serio. Una democracia saludable depende de ciudadanos capaces de distinguir hechos de manipulaciones algorítmicas.
También es importante tener relaciones de confianza fuertes entre los ciudadanos porque al final una democracia se basa en esas relaciones y cuando se erosionan es muy difícil que la democracia funcione bien.
Cuando cada persona recibe información distinta según su perfil digital, la esfera pública se fragmenta. Dos estudiantes pueden discutir sobre un mismo hecho político y estar en desacuerdo no solo en opiniones, sino en los datos mismos, porque cada vez más filtramos la realidad a través de nuestras pantallas y lo que una persona ve en su pantalla no es el mundo objetivo, sino una interpretación que las empresas le proporcionan basadas en su perfil. Este fenómeno exige que la educación incluya alfabetización mediática y comprensión del funcionamiento de los algoritmos.
IA y vigilancia: el nuevo desafío
La expansión de la inteligencia artificial amplifica estos riesgos. Analizar grandes volúmenes de datos hoy es más rápido y barato que nunca. Lo que antes requería vigilancia física ahora puede hacerse mediante sistemas automatizados.
Para los colegios que incorporan herramientas de IA —desde plataformas de aprendizaje adaptativo hasta sistemas de seguimiento académico— la pregunta ética es inevitable: ¿qué datos se recolectan?, ¿quién los administra?, ¿cómo se protegen?, ¿durante cuánto tiempo se almacenan?
La innovación educativa no puede desligarse de la responsabilidad en el manejo de datos.
El desafío actual frente al poder económico y político de las grandes tecnológicas está en demandar mejor tecnología y que la gente joven tenga las ganas, la imaginación y la valentía de reimaginar la tecnología para que puedas apoyar a la democracia y no reaccionarla.
¿Qué puede hacer la escuela?
Véliz insiste en que no todo depende de grandes reformas legales. También hay acciones cotidianas:
- Elegir herramientas digitales más respetuosas con la privacidad.
- Reducir la sobreexposición en redes sociales.
- Fomentar momentos de desconexión y uso del mundo analógico.
- Leer en papel, escribir a mano y sostener conversaciones presenciales como actos de resistencia frente a la hiperconectividad.
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Pero, sobre todo, educar. Educar para comprender que los datos son poder. Educar para ejercer la autonomía. Educar para defender la democracia.
En un mundo donde la tecnología avanza más rápido que la regulación, la escuela sigue siendo el espacio privilegiado para formar ciudadanos críticos, conscientes y capaces de decidir por sí mismos. Como sugiere Véliz, proteger la privacidad no es un gesto nostálgico: es una condición para preservar la libertad.




































