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Detector de humo: contra el desorden informativo (70) El replay no es el partido

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Por: Alvaro Duque Soto*

Una cena de hace cuatro años con hamburguesa triple, una fotografía de 2007 y varios goles del Mundial reabrieron la pregunta sobre cómo las imágenes auténticas, sacadas de contexto, se convierten en veredictos que alimentan el desorden informativo.

Hace cuatro años, en su primera cita, un hombre invitó a una mujer a cenar. Fueron a un sector popular de Caracas (Venezuela) conocido como La calle del hambre. Ella prefirió otro lugar y él aceptó. En el restaurante, ella ordenó una hamburguesa triple. Él, una sencilla. Conversaron poco. Él pagó la cuenta, la llevó a casa y le dijo que no volverían a salir. 

En aquel momento, nada de eso fue noticia. Lo es ahora, cuando él, creador de contenido radicado en Colombia, contó la historia en TikTok y concluyó que aquella cena le había revelado el verdadero propósito de su acompañante. Según él, ella buscaba quién la mantuviera. El algoritmo, que se nutre de escándalos, no se conformó con ese monólogo. 

Cuando ella respondió, estallaron las redes. Su video ya supera los 35 millones de reproducciones. En pocos días, el choque de versiones dominó la conversación digital. Surgieron memes, chistes y se abrió un tribunal virtual. 

Esa misma fiebre por juzgar el pasado a través de un lente ya la estaban padeciendo millones de espectadores del Mundial, que contenían el grito de los goles a la espera de que el VAR los autorizara. Las dos escenas comparten la idea de que una pantalla puede aclarar, corregir o incluso sustituir lo vivido. Pero nunca garantiza que veamos el cuadro completo.

La tribuna toma partido

La tribuna para deliberar sobre lo ocurrido en la cena se formó en horas. Unos respaldaron el derecho del hombre a poner límites. Otros lo llamaron tacaño y le pusieron un apodo que ya es famoso en el diccionario de las redes, princeso. Algunos escarbaron en su pasado y expusieron episodios ajenos a la cita. Restaurantes de comida rápida aprovecharon el ruido para ofrecer promociones de hamburguesas triples.

Hablar de citas ajenas es una práctica tan vieja como la sobremesa. Se discute qué esperar de una primera salida, quién paga, qué cuenta como cortesía y qué se percibe como cálculo. Bajo su apariencia frívola, esas reflexiones ponen en juego concepciones profundas sobre dinero, género y afectos. 

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Lo nuevo es la escala, la velocidad y la sensación de que cualquier historia queda incompleta si nadie gana. En este caso, una cena dejó de ser un detalle y pasó a servir de prueba para discusiones mucho más amplias. 

Las plataformas digitales hicieron visible esa conversación ante públicos cada vez numerosos porque generaba atención, interacción y nuevas versiones. Ningún video de los protagonistas era falso en el sentido tradicional. Nadie fabricó imágenes ni inventó escenas con inteligencia artificial. El desorden informativo (DI) apareció en el momento en que un fragmento se trató como una revisión total de la realidad y cuando la audiencia sacó conclusiones sobre personas o grupos enteros. 

Una parte de la desinformación altera o inventa sucesos. Otra utiliza hechos, imágenes o testimonios auténticos para sostener conclusiones que no prueba. Esta forma más silenciosa ofrece verdades parciales y deja que nosotros completemos el resto. Verificar sigue siendo necesario, pero insuficiente. Después de confirmar que una imagen es cierta, hay que preguntar qué muestra y qué omite.

Detector de humo: contra el desorden informativo (70) El replay no es el partido

Quién filma dibuja la línea

En el fútbol, el VAR traza una línea para decidir si una jugada se ajusta al reglamento. En las redes, quien graba o narra fija otro límite, al decidir qué detalle convierte una anécdota en acusación y una incomodidad en falta moral.

El video viral puede sacar a la luz un hecho desconocido, al tiempo que encierra una experiencia compleja en un veredicto. La cámara registra algo que ocurrió y orienta su lectura mediante el encuadre, el orden de las escenas, la duración, el sonido y lo que permanece fuera de plano.

Si el replay no es el partido, el storytime, un formato de video en el que alguien narra ante la cámara una experiencia personal, tampoco es el juicio. Es solo una memoria editada que la audiencia confunde con una sentencia revisada por todos. El público asume que examinó los hechos, cuando en realidad solo tiene una versión de lo ocurrido.

Detector de humo: contra el desorden informativo (70) El replay no es el partido

Ver más, entender menos

El video de ella, con mucha mayor difusión, era otra memoria, organizada desde una experiencia distinta. Ambas versiones comparten los hechos, la salida, el cambio de lugar para cenar, el celular sobre la mesa. Difieren en el significado. 

En su relato, la cita la organizó su madre. Él hizo un gesto de incomodidad cuando ella ordenó la famosa hamburguesa triple. La conversación nunca arrancó y ambos se refugiaron en el teléfono. “Una mujer interesada pide una casa o un carro, no una hamburguesa que puedo comprármela sola”, dijo.

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El villano cambió de bando en un parpadeo. Su respuesta obligó a releer la primera historia, el silencio, las actitudes, el origen mismo de la cita. La seguridad con que el público había distribuido culpas descansaba sobre una versión demasiado breve.

Los dos relatos llegaron cuatro años después de aquella noche, filtrados por la memoria de quienes lo contaron y ante una audiencia que no existía entonces.

El presente que reescribe el pasado 

Los fragmentos cambian con el tiempo. Una imagen puede conservar sus personajes, su fecha y su lugar, pero recibir años después una interpretación apartada de su origen.

Ocurrió con la fotografía de 2007 donde Lionel Messi, entonces de veinte años, sostiene en una bañera a un niño de seis meses en una campaña benéfica de Unicef. Ese bebé era Lamine Yamal. Durante 17 años, la imagen perteneció a un calendario solidario. La final del Mundial la devolvió a la conversación pública y las redes empezaron a leerla como el primer capítulo de una rivalidad llamada a marcar una época. 

La fotografía adquirió una carga que nadie podía reconocer en su momento. El presente la convirtió en antecedente de una historia deportiva que no existía cuando se tomó. Incluso Unicef tuvo que confirmar su autenticidad, pues la coincidencia parecía demasiado perfecta. 

Esa es otra variante del DI. La imagen era real, pero la lectura que despertó iba más allá de lo que podía probar. La imagen no mintió. En cierto modo, nosotros sí, al leer en ella un destino que aún no existía.

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Quien grita más fuerte 

En el terreno de juego, el dilema de la cena se repitió con otras reglas. El fútbol cuenta con normas públicas, autoridades y mecanismos institucionales. En cambio, la audiencia digital actúa sin esas garantías y somete a las personas a un juicio moral del que es difícil salir. 

El Mundial de 2026 se vendió como el de mayor desarrollo tecnológico para establecer claridad sobre cada jugada, con fuera de juego semiautomático y sensores instalados en los balones. Pero eso no impidió las polémicas.

Un gol de Alemania frente a Paraguay fue anulado por una obstrucción al arquero. La decisión tenía sustento en el reglamento y en las imágenes, pero muchos aficionados la rechazaron porque no coincidía con su lectura de la jugada. No se necesitó un montaje para el desacuerdo. La disputa nació de la distancia entre una decisión técnica y la experiencia de quienes la vieron desde la tribuna o las pantallas.

Por eso, una escena se repitió hasta casi volverse rito. En este Mundial ya no sabíamos en qué momento celebrar un gol. Varias veces, cuando el balón entraba, aunque el estadio saltara, el grito quedaba atorado unos segundos, hasta que la pantalla diera permiso. Así, presenciamos un cambio. El gol, la emoción más espontánea de este deporte, ahora se celebra en borrador, a la espera de confirmación.

Vimos, además, que las cámaras, el reglamento y el árbitro pueden producir una decisión, pero después puede surgir otra pugna, la que define quién tiene la fuerza para fijar su sentido ante el público.

El poder grita más fuerte

El caso de Folarin Balogun llevó esa disputa fuera del campo. El delantero estadounidense fue expulsado tras una revisión del VAR en el partido de Estados Unidos contra Bosnia- Herzegovina en los dieciseisavos de final. Las cámaras registraron la jugada y la sanción quedó respaldada por la tecnología. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, intervino después. Pidió públicamente que se levantara el castigo y la presión política obligó a la FIFA a reconsiderarlo.

La secuencia deja ver el alcance de una decisión deportiva. La jugada quedó registrada, el reglamento establecía una sanción y el árbitro ya había tomado una decisión. Sin embargo, esos hechos dejaron de guiar la discusión en cuanto intervino Trump. La atención pasó de la falta a su reclamo, de la revisión del VAR a la presión sobre la FIFA. El debate ya no giró alrededor de lo ocurrido en la cancha, sino alrededor de la versión capaz de imponerse desde el poder.

La posverdad aparece en una versión nítida. Los datos reales estaban al alcance de todos, pero al intervenir una figura con poder la conversación se desplazó hacia la versión que se buscaba imponer. La controversia de esa jugada registrada por las cámaras terminó por girar alrededor de quien podía definir su significado.

La cámara que falta

La cena, la fotografía y la jugada comparten un rasgo. En cada caso el público recibió material auténtico. La cita llegó mediante dos versiones contadas cuatro años después. La foto de Messi y Yamal adquirió con el tiempo un significado ausente en 2007. La jugada de Balogun desembocó en una disputa política a pesar de la decisión arbitral, las imágenes y el reglamento. El sentido de cada historia terminó por definirse más allá del material que parecía confirmarla.

Revisar una escena suele generar confianza inmediata. Creemos que la repetición aclara el gesto, la imagen o la jugada. Cada revisión trae consigo un encuadre, un relato y decisiones previas. De allí pueden surgir juicios apresurados sobre personas que apenas conocemos. En los tres casos la pregunta va más allá de verificar si el material es auténtico. También importa identificar qué parte de la historia falta, qué sentido añadió el tiempo y quién influyó en la interpretación final.

Toda imagen deja algo por fuera del cuadro. Antes de tomar partido, siempre vale la pena detenerse. ¿Qué cámara falta? ¿Qué sentido añadió el tiempo? ¿Quién tiene la fuerza para imponer su lectura?

Hacer esas preguntas no altera la velocidad de la red. Nos ayuda a no tratar el primer fragmento como la última palabra. El replay permite volver sobre una escena con más cuidado. Nunca reemplaza el partido.

*Ph.D. en Ciencia Política de la Universidad de Turín (Italia). Ha sido docente e investigador de temas de comunicación política, periodismo y educación mediática e informacional. Miembro del equipo Educalidad.

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