Por: Alvaro Duque Soto*
En la política colombiana, los animales siempre han estado presentes. En el Congreso, por ejemplo, se habla de micos (artículos camuflados en una ley), conejos (engaños), elefantes (por el dinero de la mafia en las campañas) y, por supuesto, de lagartos, esa especie endémica del poder que el Diccionario de colombianismos definió en 1953 como la persona que merodea por ministerios y oficinas públicas para intrigar o beneficiarse a costa del Estado. Antonio Montaña, en su Fauna Social, incluso clasificó variedades, desde el lagarto de club hasta el de redacción. La política nacional ha sido, literalmente, un bestiario.
Sin embargo, lo que sucede en 2026 es distinto. Los animales dejaron de ser insultos para convertirse en marcas. Abelardo de la Espriella se autoproclama el “tigre». Usa inteligencia artificial para convertir a su familia en felinos animados, vende tenis Tiger Force One a cinco millones de pesos y tiene un jingle que repite “tigre que ruge y muerde, tigre que nada teme”.
Álvaro Uribe, por su parte, sube un burro a la tarima en Pitalito (Huila) con la camiseta del Centro Democrático y saluda: “Queridos uribestias”. Juan Daniel Oviedo se presenta como el “sapo” de la Gran Consulta y señala a otros como “camaleones”. María Jimena Duzán titula su espacio de análisis de las elecciones del 8 de marzo “La Paloma acorrala al Tigre y se enfrenta al Jaguar”. Y David Racero completa el álbum al decir: “Ya están el Tigre y la Paloma, pero aún quedan disponibles el delfín y el sapo”. El bestiario ha dejado de describir vicios políticos. Ahora los candidatos se lo ponen encima como disfraz.

En la política colombiana, los animales siempre han estado presentes. En el Congreso, por ejemplo, se habla de micos (artículos camuflados en una ley), conejos (engaños), elefantes (por el dinero de la mafia en las campañas) y, por supuesto, de lagartos, esa especie endémica del poder que el Diccionario de colombianismos definió en 1953 como la persona que merodea por ministerios y oficinas públicas para intrigar o beneficiarse a costa del Estado. Antonio Montaña, en su Fauna Social, incluso clasificó variedades, desde el lagarto de club hasta el de redacción. La política nacional ha sido, literalmente, un bestiario.
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Sin embargo, lo que sucede en 2026 es distinto. Los animales dejaron de ser insultos para convertirse en marcas. Abelardo de la Espriella se autoproclama el “tigre». Usa inteligencia artificial para convertir a su familia en felinos animados, vende tenis Tiger Force One a cinco millones de pesos y tiene un jingle que repite “tigre que ruge y muerde, tigre que nada teme”.
Álvaro Uribe, por su parte, sube un burro a la tarima en Pitalito (Huila) con la camiseta del Centro Democrático y saluda: “Queridos uribestias”. Juan Daniel Oviedo se presenta como el “sapo” de la Gran Consulta y señala a otros como “camaleones”. María Jimena Duzán titula su espacio de análisis de las elecciones del 8 de marzo “La Paloma acorrala al Tigre y se enfrenta al Jaguar”. Y David Racero completa el álbum al decir: “Ya están el Tigre y la Paloma, pero aún quedan disponibles el delfín y el sapo”. El bestiario ha dejado de describir vicios políticos. Ahora los candidatos se lo ponen encima como disfraz.

¿Quién sembró el pasto?
Hay una pregunta que no debería eludirse: ¿Cuánto de esta resignificación es espontáneo y cuánto responde a estrategias fabricadas? Un informe del canal de YouTube Mi gente Colombia señaló que Argiro Castaño, el creador de los pocillos “uribestia”, publica entre treinta y cuarenta trinos diarios dirigidos a atacar a figuras del Gobierno, con un perfil que encaja con el de cuentas dedicadas a la propaganda política. Colombiacheck lo incluyó en una red de perfiles que hostigan y difaman a líderes políticos.
A propósito de un video en el que el Tigre pretende establecer un paralelismo entre su figura y la de Gaitán, es claro que hay una diferencia abismal entre la reapropiación orgánica, como la de la “chusma heroica” que el caudillo liberal forjó desde la plaza pública al agregar un solo adjetivo al insulto de las élites, y la manufactura orquestada por equipos de campaña para crear la ilusión de espontaneidad.
En comunicación política, esto se llama astroturfing, hacer pasar como espontáneo algo que en realidad fue montado desde arriba, como si el pasto fuera natural cuando es sintético. Cuentas automatizadas y granjas de contenido que se apropian de una etiqueta resignificada y la convierten en munición del desorden informativo (DI). Entonces lo que parecía una expresión ciudadana termina siendo una pieza más del DI. El lenguaje no se transforma porque un estratega lo ordene, sino por cambios en la sensibilidad colectiva. Pero la propaganda identifica y aprovecha esas tensiones ya expuestas.
Una espiral que no para
Las redes sociales han alterado las dinámicas tradicionales. Una investigación famosa publicada en PNAS reveló, tras examinar 2,7 millones de publicaciones, que los contenidos sobre grupos políticos rivales se difunden el doble que los del propio grupo. Esto quiere decir que cuando los seguidores de “uribestias” comparten su pocillo o los del “Tigre” difunden el rugido animado, los algoritmos dan prioridad a ese material no por su capacidad de unir, sino por su potencial de polarizar. Es un efecto bumerán emocional. El orgullo del grupo intensifica la hostilidad del otro, y esta hostilidad, a su vez, refuerza el orgullo inicial. Con cada resignificación exitosa se eleva el umbral de lo que se necesita para ofender, y la espiral sube. Los incultos deben volverse más agresivos para causar impacto, y este escalamiento termina por naturalizar discursos y agresiones que antes se consideraban inaceptables.
Las plataformas agravan el problema. Sus sistemas de moderación funcionan con listas de palabras ofensivas y no tienen capacidad para distinguir matices. Cuando un término como “uribestia” adquiere nuevos significados, los filtros no distinguen entre su uso como símbolo de identidad y como insulto. De esa manera, pueden bloquear a quienes lo adoptan como orgullo y dejar pasar al troll que lo usa para agredir. La moderación efectiva exige contexto, pero el modelo de negocio de las plataformas antepone la rapidez al matiz y la precisión.

Preguntar detrás del colmillo
La taza con la leyenda “orgullosamente uribestia” no es una noticia falsa, ni el video del tigre animado constituye desinformación en el sentido clásico. Ambos son ejemplos de comunicación estratégica que opera en el plano de la identidad, no en el de los hechos. Y cuando esa identidad se plasma en objetos comercializables como pocillos, camisetas, tenis, pines de jaguar, la pertenencia se convierte en consumo y la crítica en una marca registrada. En España, el PSOE llegó a convertir el mote “Perro Sanxe” en cartelería oficial. En Estados Unidos, tras el famoso “basket of deplorables” de Hillary Clinton en 2016, parte de la base trumpista empezó a producir y lucir camisetas con la palabra “deplorable” como insignia de orgullo. La industria del merchandising identitario transforma el agravio en negocio y el negocio en lealtad.
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La alfabetización mediática e informacional no puede impedir que los candidatos se pongan garras y colmillos. Pero sí puede enseñar a reconocer lo que ocultan esos disfraces. Cuándo una metáfora reemplaza el análisis por una emoción visceral. Cuándo la reapropiación pasa de ser resistencia legítima a ser una trinchera que blinda al grupo contra toda crítica. Y cuándo la adhesión emocional a un símbolo desplaza la pregunta esencial de toda democracia: ¿Qué propone concretamente este candidato? Esa pregunta será más urgente ahora cuando la campaña presidencial entra en su fase definitiva.
El bestiario político colombiano ha cambiado. El lagarto era un insulto que nadie quería recibir. Hoy, algunos candidatos se disfrazan voluntariamente de depredadores. Ya no discutimos ideas, sino que exhibimos identidades. Ya no evaluamos programas, consumimos etiquetas. Si quieren meternos en un zoológico electoral donde todo el mundo ruge, el silencio del que piensa antes de votar puede resultar muy incómodo para quienes prefieren que no pensemos.
*Ph.D. en Ciencia Política de la Universidad de Turín (Italia). Ha sido docente e investigador de temas de comunicación política, periodismo y educación mediática e informacional. Miembro del equipo Educalidad.































