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Detector de humo: contra el desorden informativo (67) ¿Desde dónde vota usted?

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Por: Alvaro Duque Soto*

La manipulación del otro bando es la más fácil de ver. La más difícil es la que confirma la trinchera desde la que ya miramos. A pocos días de la segunda vuelta, el verdadero examen no está en los candidatos ni en las noticias, sino en uno mismo.
En marzo circuló un audio en el que el registrador nacional parecía confesar un fraude. Era falso, clonado con inteligencia artificial y los verificadores lo demostraron en pocas horas. Muchos se enteraron del desmentido y aun así lo compartieron, porque el audio decía lo que ya creían.

Tenían el dato corregido a un clic y no les hizo falta. El desmentido traía pruebas, pero chocó con algo más fuerte: la identidad de quien lo recibía. No siempre creemos una mentira por descuido. A veces trabajamos para defenderla, porque aceptar su falsedad nos saca del lado de los nuestros.

Esa es la trinchera. Uno puede verificar cifras, detectar montajes y desconfiar de las urgencias fabricadas, y aun así votar desde una convicción que nunca se atreve a cuestionar.

Detector de humo: contra el desorden informativo (67) ¿Desde dónde vota usted?

La comodidad de la trinchera

Salir de ella cuesta porque cuando una convicción está muy ligada a la identidad, la discusión empieza a percibirse antes como amenaza que como examen. Varios estudios de neurociencia han documentado que, en esos casos, se activan respuestas cerebrales asociadas a identidad y autoprotección. Priman las reacciones para ponerse en guardia antes que las razones. La persona ya no escucha solo un argumento. Siente que algo propio está bajo ataque.

Ese reflejo ayuda a entender al sesgo de confirmación que nos lleva a evitar la información capaz de cuestionar lo que pensamos. El razonamiento motivado va más lejos. No esquiva la evidencia incómoda, la enfrenta para desmontarla.

El investigador Dan Kahan y su equipo lo demostraron con una paradoja. Entregó a cientos de personas los mismos datos estadísticos: primero sobre una crema para la piel, luego sobre control de armas. Los más hábiles con los números acertaron en el primer caso. En el segundo, usaron sus competencias para adaptar su interpretación de los datos cuando el resultado contradecía sus creencias. La educación no los salvó del error. Les dio mejores herramientas para justificarlo.

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Se ve también en algo más cotidiano. A alguien le llega la corrección de un audio falso, con pruebas técnicas del montaje. Lo lee y concluye que es parte de un complot, que los verificadores responden a intereses, que quieren ocultar la verdad. La evidencia, en lugar de cerrar el caso, termina alimentando la sospecha. Cuando una creencia sobre un hecho se vuelve un símbolo de pertenencia al grupo, corregirla deja de ser un ajuste y pasa a ser una deslealtad.

Defender esa creencia obedece a una lógica. El costo de moverse es social antes que intelectual. Apartarse del bando propio puede significar perder estatus, enfrentar reproches y a veces romper vínculos afectivos. Ese miedo es real, pero exagerado. Un estudio de la Universidad Northwestern calculó que sobreestimamos ampliamente el rechazo que sufriríamos por expresar una duda. La barrera que nos frena suele ser más baja de lo que parece.

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El miedo como herramienta

El miedo al costo social no es casualidad. Las campañas lo detectan y lo explotan. En la recta final dejan de prometer y se concentran en advertir sobre amenazas. Décadas de estudios coinciden en que a las urnas nos lleva más el miedo que la esperanza. Según IDEA Internacional en su informe sobre los comicios de 2026, “los actores políticos instrumentalizan las falsedades para movilizar identidades partidarias intensas”.

Cuando ese temor se vuelve permanente, el rival deja de ser un adversario y pasa a ser un enemigo. En ciencia política eso se llama polarización afectiva. La segunda vuelta colombiana se mueve más por el temor al otro que por adhesión al propio. Se vota menos por alguien que contra alguien.

Al volverse el rival una amenaza, también cambia la forma de leer lo que circula sobre él. Cualquier dato que lo perjudique, incluso si es dudoso, empieza a parecer verosímil o útil. Y cualquier matiz que obligue a revisar lo que creemos sobre los nuestros se recibe con sospecha. Por eso una encuesta sin ficha técnica, una denuncia sin prueba o un montaje burdo pueden seguir rodando incluso después del desmentido. No porque falte información, sino porque en la lógica de trincheras el dato funciona antes como arma que como evidencia.

Esa mente cerrada tiene un costo que va más allá de un dato. Cuando la política se basa en detestar al rival o en defender a los propios a cualquier precio, la atención queda presa de la revancha, del agravio y del miedo a que gane el otro. La política deja de ser una conversación sobre lo que queremos construir y se vuelve una disputa interminable sobre a quién hay que frenar. Eso es, en el fondo, el síndrome del futuro bloqueado. Una sociedad que ya no imagina un destino compartido porque vive atrapada en la administración del resentimiento.

Hay cifras que lo confirman. A una semana de la segunda vuelta, la Defensoría del Pueblo advirtió un deterioro preocupante del debate. En su tercer informe de seguimiento a un proceso electoral en paz, halló que la campaña apenas alcanzó 23,3 puntos sobre 100 en estándares mínimos de respeto democrático, con predominio de la confrontación, la estigmatización, la información engañosa y los cuestionamientos a la legitimidad de las instituciones. La trinchera ya no se limita a deformar la lectura de las noticias. También daña las condiciones mínimas para debatir el rumbo del país.

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Desmentir también difunde

La misma lealtad que nos cierra a la evidencia nos empuja a repartir los golpes del adversario. Reenviar la mentira del otro bando, para burlarse o para desmentirla, cumple un doble papel sin que lo notemos. Le da a su autor lo que buscaba, que circule, y a nosotros nos sirve para algo más íntimo, mostrarles a los nuestros de qué lado estamos. Es un juramento de lealtad a la tribu.

La repetición tiene un efecto que la psicología bautizó hace tiempo como la verdad ilusoria. La sola repetición de una afirmación, incluso cuando uno ya sabe que es falsa, la vuelve más creíble. El cerebro confunde lo familiar con lo verdadero. Cada vez que vemos algo, aunque sea para desmentirlo, lo volvemos un poco más familiar. 

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Pasó hace poco con videos que mostraban supuesta marcación previa de tarjetones a favor de uno de los candidatos en Cauca. Varios medios y verificadores los reprodujeron para aclarar que eran falsos o sacados de contexto, pero al hacerlo los pusieron frente a miles de personas que aún no los habían visto. La etiqueta de “falso” se borra. Las imágenes se quedan.

Esto no es un problema marginal. Un estudio de Kaspersky de marzo de 2026 reveló que el 78% de los colombianos aseguró haber estado expuesto a desinformación en el último año. Además, el 41% confesó que no sabe con certeza cómo identificar una noticia falsa. Si hasta al corregir ayudamos a difundir, urge algo más que verificar. Por ejemplo, examinar desde dónde miramos.

El examen antes del voto

¿Cómo sabe si uno vota por convicción o por pertenencia? Varias preguntas pueden darnos pistas. No son para cambiar de opinión a la fuerza. Son para saber desde dónde decidimos.

La primera es el espejo asimétrico. ¿Con qué rapidez descarta un dato que perjudica a su candidato y con qué rapidez acepta uno que lo favorece? La segunda es la pregunta del límite. ¿Qué tendría que pasar para que cambiara de opinión sobre ese candidato? Si la respuesta es “nada”, ya no evalúa propuestas. Protege una lealtad.

La tercera es el cuarto oscuro. Si nadie supiera nunca su voto, ni su familia, ni sus amigos, ni sus redes sociales, ¿votaría igual? La cuarta es la pregunta del miedo. Si su candidato no existiera, ¿sabría decir qué país quiere construir o solo qué país quiere evitar? Y la quinta es la pregunta del reenvío. Antes de compartir algo que lo indigna, ¿a quién beneficia que lo difunda? Esas preguntas no acaban con la polarización, pero permiten ver si votamos por evaluación, por miedo o por lealtad.

Queda la sexta, preventiva, para los días que faltan. Es la pregunta del molde. Cuando lleguen las encuestas engañosas, los audios clonados, los videos fuera de contexto o los desmentidos tardíos, ¿reconocerá el patrón de la trampa antes de reaccionar? (Ver infografía).

Reconstruir la conversación

El examen propuesto, las seis preguntas que lo integran, no se queda en la introspección. Es, a la vez, un llamado político. Millones de trincheras han convertido a Colombia en un país que cada vez discute menos y sospecha más. Cuando la pertenencia reemplaza a la evaluación, el que piensa distinto deja de ser adversario y se vuelve enemigo. Las instituciones empiezan a estorbar y el fallo judicial que frena al propio se condena con la misma facilidad con que se celebra el que golpea al otro. Una sociedad partida en bandos que no se reconocen renuncia a un pilar de la democracia, convivir con quien no piensa igual.

Hay quien se lucra de ese clima. Los estrategas que cambian propuestas por consignas y convierten al rival en amenaza pueden ganar elecciones, pero dejan un país menos capaz de deliberar.

Reparar esa conversación cuesta más ahora que nos informamos lejos de la prensa, en pódcast, con streamers y grupos cerrados donde nadie nos lleva la contraria. El camino puede empezar, mientras tanto, en algo modesto y exigente a la vez, aprender a leer el desorden informativo sin ponerse a su servicio.

El domingo alguien ganará. El lunes, la mitad que celebra y la otra mitad frustrada amanecerán en el mismo país. Por eso importa tanto llegar a la urna sin ceder el voto entero al miedo, al rechazo del rival o a la trinchera propia. No asegura un país reconciliado. Pero sí deja un país un poco menos atrapado en la pelea.

*Ph.D. en Ciencia Política de la Universidad de Turín (Italia). Ha sido docente e investigador de temas de comunicación política, periodismo y educación mediática e informacional. Miembro del equipo Educalidad.

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