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Detector de humo: contra el desorden informativo (65) No pregunte si es verdad

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Por: Alvaro Duque Soto*

La noche del 31 de mayo asistimos a una demostración práctica de cómo funciona la manipulación. Con el preconteo de la Registraduría finalizado, 43,74% para Abelardo de La Espriella y 40,90% para Iván Cepeda, el país escuchó dos relatos irreconciliables sobre unos mismos resultados. 

De La Espriella subió a la tarima a reclamar un mandato incontrovertible, llamó “bandidos” a sus opositores y advirtió que los delincuentes sabrían “lo duro que muerde el tigre”. Cepeda, desde otra tarima, ignoró la desventaja numérica, denunció la falta de auditoría del software y repitió “fascismo mafioso” una y otra vez. Recibieron las mismas cifras, pero no el mismo significado: cada uno las leyó a través de un marco distinto. Es decir, de una narrativa previa que condiciona cómo interpretamos los hechos. Uno miraba y veía orden; el otro miraba y veía justicia. Por eso el mismo boletín produjo dos noches distintas.

Frente a esas dos noches hacemos, casi por instinto, lo contrario de lo que conviene. Dedicamos atención a lo que deberíamos ignorar. Nos apresuramos a preguntar cuál de los dos dice la verdad y, con eso, caemos en la trampa de la guerra cognitiva. En lugar de interrogar primero quién habla, desde qué posición y con qué interés, saltamos a evaluar la veracidad de la información al calor de los insultos. Y resulta que verificar un dato suelto no sirve de nada si antes renunciamos a identificar el encuadre. Es mejor invertir el orden: antes de preguntar si algo es verdad, preguntar quién nos lo muestra y por qué.

Detector de humo: contra el desorden informativo (65) No pregunte si es verdad

Leemos el mensaje y olvidamos el marco

La educación tradicional nos entrena para leer en vertical. Entramos a un texto, revisamos su coherencia, examinamos sus datos y juzgamos su presentación. Los estrategas de la manipulación conocen esa costumbre escolar y fabrican mensajes de apariencia intachable. Su propósito va más allá de falsificar un boletín: buscan imponer un marco previo. A ese marco se refiere indirectamente Mauricio Gaona, en su tan comentado libro La Constitución soy yo, cuando afirma que la manipulación de los hechos a través de sus interpretaciones es el vehículo más efectivo para doblegar la Constitución y la ley y, con ello, la libertad. Y que el primer paso de cualquier aspirante a dictador es alterar la percepción de los ciudadanos sobre su realidad.

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Ese marco termina por ser la lente a través de la cual vemos la realidad. En los períodos electorales, se instala desde el primer segundo de campaña. Declararse “el empresario que nunca ha vivido del Estado” no describe una trayectoria: crea una lente. Desde ese instante, cualquier cifra oficial, cualquier institución, cualquier verificador estatal queda bajo sospecha antes de que lo leamos. Para quien adopta ese encuadre, el voto deja de medir programas: vale más como rechazo a la clase política tradicional, a “los de siempre”, que como comparación de lo que cada candidato propone.

En el momento en que “fascista mafioso”, “bandido” y “comunista” reemplazan la discusión sobre seguridad, justicia o resultados, la conversación se cierra: ya no hay nada que comparar, solo un bando al que pertenecer. El uso de insultos y de expresiones reduccionistas buscan que respondamos desde nuestra tribu, con actitudes de hordas, y no desde nuestro juicio. Una vez aceptamos el relato del salvador empresarial o el de la resistencia contra el fraude, usamos ese filtro para procesar cada noticia. El dato nuevo pierde relevancia, solo comprobamos si encaja en lo que ya creíamos.

Esto explica una pregunta que vuelve en cada campaña: ¿Cómo puede alguien votar por un candidato que nos parece indefendible? Casi nunca es falta de inteligencia. Lo que para unos es una conducta intolerable, a otros les llegó empaquetado como autenticidad o mano firme. Los algoritmos no solo personalizan la oferta: blindan el marco. El otro no habita una mentira, recibe un paisaje informativo distinto del nuestro.

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Leer hacia abajo o leer hacia los lados

El ascenso de figuras con el estilo de Donald Trump o Jair Bolsonaro dejó un aprendizaje en Estados Unidos y Brasil que vale la pena considerar ahora, cuando nos avocamos a una campaña probablemente inédita en términos de agresividad. Intentar desmentir cada exageración que hicieron fue ineficaz. En cambo dio frutos ignorar la provocación para investigar el mecanismo de distribución. La defensa pedía salir del texto y rastrear la intención del mensajero, igual que los peritos de arte: para certificar un cuadro miran menos los trazos que la procedencia.

En 2017, una investigación de la Universidad de Stanford se propuso averiguar qué estrategias funcionan mejor para evaluar la información en línea y resistir la desinformación. El hallazgo reveló un patrón curioso. Los historiadores universitarios evaluaban la fiabilidad de fuentes digitales peor que los verificadores profesionales. Su conocimiento del tema los llevaba a confiar en su propia lectura del documento. Frente a un sitio engañoso, el académico bajaba por la página para analizar los argumentos. El verificador, en cambio, abandonaba el sitio en los primeros treinta segundos, abría pestañas paralelas y averiguaba qué decían otras voces sobre el origen de esa información. Leía menos el texto para saber más sobre la fuente.

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Esa lectura lateral tiene dos movimientos concretos. El primero es evaluar al mensajero antes que el mensaje. Preguntar qué intereses lo respaldan y qué credenciales reales tiene quien habla. El segundo es leer río arriba, seguir el enlace hasta la fuente original. Muchas veces, el video de una supuesta irregularidad electoral se grabó en otro país, y una búsqueda de pocas palabras lo revela en segundos. La pregunta deja de ser “¿qué dice esto?” y pasa a ser “¿de dónde viene y quién quiere que yo lo vea?”

Estos días, el ejemplo más vivo son las plazas. Cuando ambas campañas aseguran haber reunido “multitudes históricas”, no reportan un dato. Pretenden construir un encuadre visual. Una cámara a ras de suelo con lente gran angular convierte tres mil personas en una marea interminable; un plano cenital del rival, capturado justo antes de que la plaza se llene, sugiere el vacío.

Frente a esa foto, solemos hacer zoom para contar cabezas. Eso es lectura vertical. Entrar en la imagen que la campaña construyó para él. La lectura lateral hace lo contrario: sale de la foto y busca transmisiones de cámaras de seguridad, mapas de densidad de la zona o reportes de periodistas independientes en el lugar. La verdad de una plaza no está en el plano que publicó la campaña, sino en quién eligió el ángulo y qué quedó fuera del encuadre.

Ni crédulos ni cínicos

La lectura lateral parte de una decisión previa: determinar si un contenido merece nuestra atención. En el fondo está la ignorancia crítica, que reconoce la atención como un recurso escaso. En contextos como las campañas, donde los estrategas compiten por captarla, ignorar de manera crítica implica elegir, con plena conciencia, no invertir energía mental en piezas anónimas, cerradas o imposibles de contrastar.

Si un titular de campaña produce rabia inmediata o euforia desmedida, lo mejor es suspender la lectura y salir del documento. Ese hábito protege más el voto que descargar cualquier herramienta de verificación. Y conviene aplicarlo también a lo que parece diversión: la manipulación se cuela por el entretenimiento, el show y la provocación digital, no solo por los datos duros.

Ningún protocolo nos hace inmunes. Aunque apliquemos cada paso con rigor, si la identidad partidista cala hondo, podemos interpretar los hallazgos a favor de nuestra postura. Es honesto reconocer este límite: no hay fórmulas mágicas. Cambiar el hábito de lectura no acaba con la polarización, pero nos vuelve más lentos para reaccionar y más rápidos para entender de dónde viene el mensaje.

El extremo opuesto a creer todo es pensar que, como no existen medios perfectos, ninguna fuente merece confianza. Esa obsesión por la perfección no genera escepticismo sano: abre la puerta a fuentes sin verificación externa. No buscamos la fuente impecable, sino la que acepta ser revisada. Hay un escepticismo que verifica y otro que concluye que ya nada se puede saber, y el cinismo absoluto es el triunfo final de la desinformación. Cuando lo dudamos todo por igual, dejamos de elegir y nos aferramos a la lealtad. La pregunta no es en qué dejar de creer, sino en qué decidimos confiar y por qué.

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Cuatro preguntas en menos de treinta segundos

Para estas semanas previas a la segunda vuelta, la autodefensa ante estos marcos cabe en un ejercicio breve de preguntas rápidas, sobre el origen y el encuadre, no sobre el contenido, para generar un escudo ante cualquier cadena, imagen o video de campaña.

  1. ¿Quién me muestra esto?

La respuesta exige rastrear más allá del perfil o la cuenta: ¿Qué interés político o económico hay detrás de que yo vea esto ahora?

  1. ¿En qué me pide fijar la atención y qué omite?

Todo relato elige qué mostrar y qué callar. Lo ausente pesa tanto como lo visible.

  1. ¿Qué emoción me activa antes de pensar?

Si el primer impulso es miedo, indignación o euforia, la estrategia ya cumplió su objetivo. Distancia antes de creer.

  1. ¿Qué diría un votante del otro bando?

No para darle la razón, sino para desmontar la estructura del mensaje y descubrir el propio sesgo.

Esas mismas preguntas sirven ante el grito de “¡fraude!” o “¡persecución!”, como cuando esa misma noche se rechazó el preconteo sin auditoría a la vista. El grito es también un mensaje, hecho para que reaccionemos en el acto, creyéndolo o descartándolo, y ninguna de las dos cosas conviene: una acusación todavía no es una prueba. Lo razonable, y además lo posible, es no darla por cierta ni por falsa de entrada, ver si una fuente independiente la confirma o la desmiente y, mientras tanto, no reenviarla. Quien grita “fraude” sin mostrar la evidencia cuenta con que la repitamos por él, y una mentira repetida puede volver sospechosa hasta la prueba verdadera.

Preguntar “¿es esto verdad?” les cede el control a los estrategas, que crearon el mensaje para emocionar y circular, no para resistir una comprobación. Preguntar “¿quién me habla y por qué?” lo recupera. No nos hace invulnerables, pero introduce una pausa de treinta segundos entre el estímulo y la decisión.

Esa pausa hace algo más que cuidar un voto: cambia cómo vemos al otro. La contienda ya ha impuesto dos lentes para observar la realidad y dos grandes motores emocionales. De un lado la lucha de clases y del otro el nacionalismo exacerbado. Al entender que quien vota distinto no es ingenuo ni cómplice, sino alguien al que le entregaron un mapa diferente del mismo país, dejamos de pelear contra personas y empezamos a leer los marcos que nos separan. Esa, y no la certeza sobre cada dato, es la defensa que todavía nos queda. Urge en las dos semanas previas a la segunda vuelta, pero no pierde vigencia después. Leer de esta manera es la forma de habitar con algo de calma un tiempo plagado de ruido.

*Ph.D. en Ciencia Política de la Universidad de Turín (Italia). Ha sido docente e investigador de temas de comunicación política, periodismo y educación mediática e informacional. Miembro del equipo Educalidad.

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