Por: Alvaro Duque Soto*
Existe un juego infantil llamado “Seguir al rey”. Un jugador ejecuta una acrobacia y los demás deben imitarlo exactamente sin chistar. El que falla queda fuera.
Durante décadas, el periodismo fue ese rey. Fijaba la agenda, definía el tono de la conversación pública, decidía qué merecía atención y qué no, repartía los papeles del relato (quién era héroe, quién villano, quién ni siquiera existía). La ciudadanía seguía el ritmo o quedaba al margen del juego informativo.
El problema ya no es solo que el rey haya perdido el equilibrio. Es que, al tropezar, dejó al descubierto sus trampas y el desbarajuste del patio: puertas giratorias con el poder, acoso en redacciones, despidos masivos, medios públicos capturados, la pauta como mecanismo de control y una conversación pública donde lo verificado, lo manipulado y lo falso se mezclan sin orden. El rey quedó desnudo y con él todo el juego. Lo urgente no es exigirle mejores piruetas, sino aprender a fijarse bien antes de repetirlas.
Los reyes vitalicios
En Colombia, medios y poderes mantienen una subordinación sin disimulos. Algunos periodistas y figuras públicas pasan con orgullo del periodismo a la política o a los negocios como si fueran lo mismo. Esa puerta giratoria elimina los límites entre informar y defender intereses, y deja a la ciudadanía sin criterios claros para diferenciar una cosa de la otra.
Vicky Dávila renunció a la dirección de Semana para lanzarse a la Presidencia. Tras perder la Gran Consulta en marzo de 2026, regresó al mismo medio. El caso refleja un problema más general. Cuando el dueño del medio promueve a una figura propia a la arena electoral y la reincorpora después de la derrota, el medio deja de ser espacio informativo y queda reducido a un altavoz de intereses particulares.
Felipe López Caballero, fundador de Semana, reapareció en Cambio con perfiles sobre candidatos presidenciales. Su regreso deja ver otro rasgo de la crisis. En medio del desgaste del oficio, varios medios buscan apoyarse en nombres consagrados para recuperar autoridad. La presencia de López y de figuras como Alberto Casas Santamaría sugiere hasta qué punto el ecosistema sigue buscando respaldo en apellidos y trayectorias reconocibles.
También te puede interesar: https://educalidad.com/educalidad-en-la-semana-de-la-ami
Felipe Zuleta Lleras encarna otra deformación del oficio. No representa la autoridad heredada ni la puerta giratoria, En su caso, el comentario político se vuelve activismo con micrófono institucional. Desde Blu Radio, quienes buscan información reciben con frecuencia una postura militante disfrazada de opinión autorizada. Aquí ya no pesa tanto el apellido como el uso del medio para imponer visiones y exigir lealtades
Distinto es el lugar que ocupa Julio Sánchez Cristo. Su nombre se mantuvo en el centro de la radio y se reforzó su imagen de poder, al mismo tiempo que salían reporteros, editores y otras voces de las redacciones de Caracol y W radio que fueron fusionadas. El costo de esa decisión no es solo laboral. Impacta la calidad del trabajo periodístico, cada vez con menos reportería, menos contexto y menos preguntas incómodas, en tanto que las voces carismáticas llenan la conversación pública de reacciones y opiniones.
La reciente polémica entre Semana y La Silla Vacía deja al descubierto otro síntoma de la crisis. Un medio ya no se limita a tomar partido. También puede prestarse para una ofensiva contra una publicación rival, como ocurrió con el texto firmado por un abogado ligado al candidato Abelardo de la Espriella.
Estos casos comparten una misma regla de excepción. Nombres, apellidos y tribunas parecen estar por encima de las reglas que el periodismo exige a los demás cuando los fiscaliza. Para el ciudadano, la frontera entre informar, influir, litigar, ser voceros y proteger intereses se vuelve borrosa. Y esta lógica afecta tanto lo que se transmite como el trabajo dentro de las redacciones.

El patio trasero
Los escándalos recientes no son episodios aislados. Detrás de los nombres, los micrófonos y las vitrinas de poder, se extienden redacciones donde el abuso, el miedo y la negligencia son parte del día a día.
En marzo de 2026, tres periodistas y una practicante denunciaron acoso sexual en Caracol Televisión. Según el Ministerio de Trabajo, había antecedentes desde 2021. La reacción solo llegó cuando la practicante amenazó con divulgar las pruebas. La campaña #YoTeCreoColega recogió más de doscientos testimonios y el escándalo se extendió a RTVC, donde su gerente enfrenta acusaciones similares. Un medio que tolera abusos internos debilita su autoridad para denunciar los ajenos.
La precariedad laboral completa el cuadro. En noviembre de 2025, Prisa Media despidió a más de cuarenta trabajadores de Caracol Radio y W Radio en un solo día. RCN ya había pasado por despidos y ajustes parecidos. Un reportero con miedo a que lo echen de su trabajo tiene menos margen para verificar, contrastar o negarse a una orden apresurada. La precariedad no solo es injusta. También afecta la calidad de lo que se publica.
Ese deterioro se hizo visible en un caso que involucró a El Espectador. El diario admitió que un practicante publicó durante meses textos elaborados con inteligencia artificial. Las notas citaban expertos y universidades inexistentes. Un lector advirtió que las referencias no resistían una búsqueda mínima. El medio retiró los artículos y desvinculó al practicante, pero el episodio mostró hasta qué punto las fallas de supervisión permiten que errores graves lleguen a publicarse.
Rutas del Conflicto documentó otro síntoma, al encontrar que once de quince medios publicaron un comunicado de Drummond sin una sola edición ni contraste con procesos judiciales locales. El boletín sustituyó la reportería. La urgencia por publicar pesó más que la obligación de verificar.

Los hilos invisibles
Algunos hilos son menos visibles que los escándalos en las redacciones o los abusos de figuras públicas, pero resultan igual de decisivos. Estos definen qué información llega a la gente, qué se ignora y lo que nunca se menciona.
RTVC, hoy otra vez Inravisión, es un buen ejemplo. Sus cambios se anunciaron como una modernización para estar más cerca de la gente. La Silla Vacía documentó varios vetos a voces de la oposición, mientras la Procuraduría y la Misión de Observación de la Unión Europea advirtieron que marginar el disenso en nombre de la gobernanza no es pluralismo sino usar un medio público como herramienta política.
La pauta oficial, la asignación de frecuencias y la contratación estatal han seguido durante años una dinámica parecida. Se presentan como apoyo al sector, pero muchas veces funcionan como instrumentos de presión. Ante el riesgo de perder financiación pública, algunos medios optan por callar, moderar o acomodar su línea editorial. Así, entregan una versión recortada de la realidad bajo la excusa de supuestas obligaciones institucionales.
También te puede interesar: https://razonpublica.com/detector-humo-desorden-informativo-2
La hostilidad presidencial hacia la prensa enrarece aún más el clima. Los ataques se justifican como críticas o réplicas, pero la FLIP y Reporteros Sin Fronteras han advertido sobre una atmósfera de estigmatización que convierte el periodismo en blanco político. El acoso en redes sociales y los señalamientos constantes no forman parte de una deliberación democrática sana. Debilitan la vigilancia pública y aumentan el desorden informativo.
Otra forma de control suena menos, pero puede ser igual o más poderosa. La concentración de la propiedad de los medios condiciona qué temas entran y cuáles salen de la agenda. Lo que se presenta como “viabilidad comercial” a menudo ofrece una versión incompleta de la realidad.
Ese vacío pesa aún más en las regiones. En muchos municipios, cuando las empresas periodísticas dejan de ser sostenibles, su lugar es ocupado por portales que copian boletines, cadenas de WhatsApp, otras redes, o creadores sin disciplina de verificación. La concentración mediática y la centralidad geográfica del sistema colombiano han sido señaladas en estudios recientes como rasgos persistentes del ecosistema nacional. Las regiones quedan así sin un escrutinio constante a presupuestos públicos o a los grupos de poder locales.
El espejo roto
La crisis es más visible porque los errores ya no se quedan en una redacción ni en un chat de colegas. Circulan al instante. Se comparten, se comentan y se convierten en pruebas públicas de las fallas del oficio.
Las redes sociales destapan sesgos y falsedades que antes pasaban inadvertidos, pero no corrigen el fondo del asunto. Al contrario, empujan la discusión hacia el escándalo y la burla. El Digital News Report 2025 del Instituto Reuters registró que solo el 32% de los colombianos confía en las noticias, y el consumo digital oscila entre la sospecha, la confusión y el rechazo hacia los medios tradicionales.
De ese cruce sale un espacio público más ruidoso, donde la verificación pierde frente a la rapidez, y las emociones pesan más que los hechos.
La inteligencia artificial acelera el proceso. Ahora se producen textos, imágenes, audios y videos con apariencia de noticia, sin filtros de verificación. El problema no es la tecnología, es un sector debilitado por recortes, prisas y falta de revisión.
Ese terreno lo aprovechan influenciadores políticos, canales de YouTube, cuentas de TikTok y operadores digitales que se ofrecen como alternativas independientes. Muchos ocupan los lugares que dejaron los medios tradicionales, pero repiten sus peores hábitos: dan respuestas simples, toman partido y ofrecen certezas rápidas a una audiencia harta de explicaciones largas o detalles complicados.
La conversación pública perdió cohesión. El periodismo ya no conduce el relato, pero eso no significa que informen mejor quienes lo han reemplazado. Lo que falta no es una voz que guíe, sino un trabajo que ate los cabos sueltos y filtre el ruido.

La variante del juego
El juego “Seguir al rey” tiene una variante en la que el turno rota entre los jugadores. Pero la que hoy se requiere es otra. No basta con cambiar de rey. Hace falta dejar de depender de él.
Idealizar el periodismo del pasado es ignorar sus fallas: puertas giratorias, privilegios por nombres y apellidos, abusos ocultos, precariedad laboral, censuras y omisiones deliberadas. Su crisis no se reduce a la pauta, las plataformas o la caída de ingresos. Es una crisis de credibilidad, de oficio y de lugar en la vida pública.
Sin embargo, la función que ese periodismo reclamó para sí sigue siendo indispensable: vigilar los poderes, conectar los hechos aislados, separar información de propaganda y cuestionar lo que se presenta como verdad. Ese papel no lo cumplen ni los medios tradicionales ni los nuevos influenciadores de turno.
Por eso la alfabetización mediática e informacional se vuelve necesaria. Una sociedad que no sabe preguntar quién habla, con qué intención, qué respalda sus palabras y qué calla, queda expuesta al ruido, la manipulación y el fanatismo. Eso implica distinguir una fuente de una cuenta anónima, seguir el rastro de una cita, reconocer los intereses detrás de una publicación y desconfiar de lo que llega masticado.
La democracia no se fortalece esperando que el rey haga bien la pirueta. Avanza cuando más ciudadanos aprendan a examinarla antes de repetirla.
*Ph.D. en Ciencia Política de la Universidad de Turín (Italia). Ha sido docente e investigador de temas de comunicación política, periodismo y educación mediática e informacional. Miembro del equipo Educalidad.
































