Por: Alvaro Duque Soto*
Las plataformas de apuestas están en los bolsillos de los adolescentes. Hablan como si ofrecieran información y convierten las pérdidas de sus usuarios en negocio para otros. En un Mundial esta situación se intensifica.
Las plataformas de apuestas ya no esperan a que los jóvenes las busquen. Ahora viven en sus bolsillos. Un adolescente paga en el supermercado con su billetera digital y, con el mismo gesto, participa en una apuesta combinada o sigue el consejo de un tipster (pronosticador). Lo que antes tenía horario, exigía efectivo, un local físico y la supervisión de un adulto, hoy cabe en una aplicación disponible en cualquier momento.
Esta situación se vuelve más evidente en un Mundial, cuando en las transmisiones se mencionan las cuotas con la misma naturalidad con que se comentan las alineaciones, y la publicidad de apuestas llena camisetas, estadios y pantallas.
Ese torrente publicitario tiene un impacto directo en las cifras. Fecoljuegos estima que en los dos meses del torneo los colombianos realizarán cerca de 122 millones de apuestas por unos $5,3 billones. Ese volumen refleja una realidad social. Los usuarios registrados en plataformas legales pasaron de 264.000 a principios de esta década a más de seis millones.
El deporte como inversión
El fenómeno va más allá de los números. Ha transformado la esencia misma del deporte. Basta ver que la liga profesional colombiana lleva el nombre de una casa de apuestas para entender este cambio. El deporte ha dejado de asociarse al juego para mostrarse como una forma de inversión. Las interfaces imitan las aplicaciones bursátiles, las estadísticas se presentan como herramientas de predicción y el lenguaje del riesgo reemplaza al del entretenimiento. Desde esta lógica, ganar ya no depende del azar, sino de la inteligencia, el método y el estudio de los números. En ese desplazamiento, el juego deja de ser espacio de encuentro y ensayo para convertirse en tablero de aciertos y ganancias.
Esa ilusión de control es la que alimenta el negocio. Una serie inicial de aciertos refuerza la ilusión de que el juego es controlable. Quien pierde no siente que apostó mal. Queda con la sensación de que invirtió con mala suerte y regresa por otra oportunidad. La neurociencia explica que la descarga de dopamina se produce tanto al ganar como al perder, lo que mantiene al usuario atrapado en un sistema de extracción de dinero que se disfraza de pasatiempo. En este esquema, muchos creen tomar decisiones con criterio propio cuando en realidad siguen incentivos externos, a menudo generados por figuras que operan en las sombras de las redes sociales.

¿Quién fabrica el dato?
Uno de los elementos más visibles en esta estructura es el tipster. En Telegram, Instagram y TikTok se presentan como analistas expertos, aunque su ingreso real casi nunca proviene de sus aciertos. La mayoría vive de programas de afiliación conocidos como RevShare donde la casa de apuestas les entrega un porcentaje de las pérdidas netas de cada usuario que se registre con su código promocional. Si un seguidor pierde $100.000 tras seguir su consejo, el pronosticador cobra una comisión de entre $25.000 y $40.000.
Esos consejos también circulan en medios de información reconocidos que los presentan como recomendaciones deportivas legítimas. Un reciente reporte de LatAm Journalism Review expone la manera como esos medios contribuyen a normalizar este fenómeno, que afecta la salud mental de los adolescentes y sus entornos cercanos.
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El mecanismo para atraer nuevos apostadores es sencillo pero eficaz. Se exhiben capturas de pantalla de ganancias, que se ajustan cuando hace falta, se eliminan del historial los pronósticos fallidos y se usan relojes de cuenta regresiva para generar una urgencia artificial que impide el análisis. Los algoritmos refuerzan la idea de éxito al priorizar las historias de ganadores y ocultar los testimonios de pérdidas, mientras el sistema envía notificaciones predictivas en los momentos de mayor vulnerabilidad del usuario, para que siga apostando.
Este desorden informativo al servicio de las apuestas en línea es el mismo que sostiene las rifas de influencers, muchas de ellas ilegales. En 2024 Coljuegos pidió a Meta y a la Policía bloquear 289 perfiles de Instagram y Facebook por presuntos sorteos sin autorización, entre ellos los impulsados por cuentas de Yeferson Cossio, Epa Colombia, La liendra y otros personajes reconocidos que seducen con promesas de riqueza rápida mientras ocultan una aritmética básica; la probabilidad de ganar es casi inexistente. El problema, sin embargo, ya no se limita al engaño individual en las pantallas, ha entrado con fuerza en las aulas.

La captura de los más jóvenes
Colombia ha tardado en abordar las apuestas en línea como un asunto de salud pública y de protección de menores. Un estudio de la Universidad Nacional, con 2.809 universitarios de los 32 departamentos, detectó trastornos de juego patológico en casi el 9% de los universitarios encuestados.
En los colegios la situación se manifiesta en microdeudas entre compañeros y presión sobre quienes no apuestan. En un país marcado por la violencia del “gota a gota”, la aparición de deudas de juego en los salones de clase debería ser motivo suficiente para exigir políticas coordinadas y urgentes en los ámbitos escolar y familiar.
La vulnerabilidad es mayor porque la edad de inicio ronda los catorce años, cuando los circuitos cerebrales del control de impulsos aún están en desarrollo. A esto se suma la familiaridad con dinámicas de gratificación inmediata por el uso intensivo de TikTok, Instagram y videojuegos, como las loot boxes o cajas virtuales que se pagan con dinero real sin conocer de antemano el premio. Esta acción, pagar por una posibilidad y no por un bien cierto, es la que muchos especialistas comparan con juegos de azar y consideran una antesala de las apuestas en línea.
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Otros jóvenes ingresan por vías menos evidentes. Por grupos de WhatsApp con datos de apuestas, por creadores de contenido que exhiben ganancias en sus redes y por un ambiente deportivo saturado de publicidad con rostros de ídolos nacionales. Los veinte equipos de la Primera División lucen patrocinios de casas de apuestas, ya sea en la camiseta, en la manga o en las vallas. Para los adolescentes de hoy, la marca de apuestas es tan inherente al uniforme de su equipo como el escudo mismo.
A veces el dinero ni siquiera es el motivo principal. Se apuesta porque el partido “se vive más” con plata en juego, o porque esa transacción ocupa la mente por un rato y aplaza la ansiedad. Las consecuencias, desde aislamiento, deudas, problemas de sueño, conflictos en la casa y pérdida de interés por otras actividades, no tardan en aparecer. Ahí el problema trasciende el “cada quien es responsable de lo que apuesta” o la idea de que solo importan los casos extremos de ludopatía porque entra de lleno en el terreno de la salud mental y de las condiciones de entorno que facilitan la dependencia. Afectan incluso a mujeres jóvenes y madres solteras que buscan en las apuestas un refugio contra la soledad.
Argentina ya muestra lo que viene. Según Unicef, uno de cada tres adolescentes en ese país admite haber apostado en línea y se han popularizado los “cajeros”, que recogen efectivo de estudiantes, lo convierten en criptomonedas y apuestan desde perfiles anónimos para burlar los controles de edad.

Normas que llegan tarde
Gran parte de este fenómeno ocurre en un vacío legal. En la región funcionan más de 2.000 plataformas extranjeras sin pagar tributos ni verificar la edad de los usuarios. Aunque Coljuegos ordena bloqueos diarios (van 46.000 desde 2023), la oferta ilegal reaparece bajo dominios nuevos con una rapidez que desborda al regulador. Mientras la publicidad nos agobia por todos lados y las plataformas afinan sus mecanismos de captación, las reglas llegan fragmentadas y tarde.
Entretanto, el mercado legal goza ahora de menos supervisión. El 3 de julio, el Consejo de Estado suspendió de manera provisional la resolución con la que Coljuegos limitaba la publicidad del juego en línea, al considerar que restricciones de esa naturaleza requieren una ley. La medida es cautelar y el debate judicial sigue abierto, pero en la práctica la industria puede invertir casi sin límite en publicidad durante el Mundial, y el Estado quedó sin dientes para sancionarla, pues el proyecto de ley 132 (2025) que busca regular la publicidad de apuestas en línea no ha superado el primer debate.
La mayoría de los debates legislativos siguen orientados a temas tributarios y dejan de lado los impactos de las apuestas en línea para la salud mental de jóvenes, aunque la ludopatía produce cuadros comparables a los de otras adicciones. Por su parte, muchos medios abordan el tema desde su impacto económico. El aporte al PIB y las transferencias a la salud ocupan los titulares. Los costos sociales se mencionan en letra pequeña.
A diferencia de España y Brasil, donde ya existen prohibiciones para influencers o medidas financieras contra sitios ilegales, en Colombia la protección sigue en manos de los propios operadores. Ni siquiera hay asomo de campañas similares a la iniciada hace pocas semanas en Argentina, ante la inacción legislativa, por el propio sector publicitario con un eslogan muy diciente: “Parece un juego, pero es una trampa”.
La parte que nos toca
No existe fórmula mágica contra un negocio de esta magnitud. Sin embargo, hay una primera barrera que hoy apenas utilizamos, hacer preguntas antes de dar clic.
Podemos empezar por tres sencillas: ¿Quién gana si yo pierdo? ¿Dónde están los que perdieron? ¿Apuesto para recuperar lo que ya perdí? Ninguna de estas preguntas resuelve por sí sola el problema, pero ayudan a romper el impulso que este negocio aprovecha, decidir de afán y reflexionar después.
Esto es algo que se puede trasladar al aula. Un docente puede pedir a sus estudiantes que cuenten cuántas historias de éxito ven en Instagram o TikTok frente a las pérdidas reales. El resultado suele ser más elocuente que cualquier advertencia sanitaria.
En casa, las conversaciones francas sobre deudas, presión de grupo y ansiedad son más efectivas que los sermones. Como sociedad, debemos dejar de tratar este asunto como una manía privada de algunos muchachos y reconocerlo como un problema público de captación, salud mental y normalización. En el fondo, la pregunta va más allá de cuánto está creciendo el negocio sin que hagamos nada. Tiene que ver con qué daños estamos dispuestos a convertir en parte de nuestro día a día.
Una generación entera ya interpreta el deporte como un mercado abierto y ha aprendido a llamar “información” a una recomendación pagada.
Detrás de cada pronóstico hay alguien que cobra cuando el otro pierde. Si nuestros celulares se vuelven casinos, cambia la manera de ver el deporte, de enfrentar el riesgo y de evaluar un consejo. Cada vez más personas crecerán con la idea de que la incertidumbre es algo que se puede negociar y de lo que se puede obtener provecho. Al final lo que está en juego no es solo el dinero y la salud mental, sino nuestra capacidad de reconocer qué información nos sirve para decidir y cuál simplemente nos manipula.
*Ph.D. en Ciencia Política de la Universidad de Turín (Italia). Ha sido docente e investigador de temas de comunicación política, periodismo y educación mediática e informacional. Miembro del equipo Educalidad.


































