Por: Alvaro Duque Soto*
En algún colegio de cualquier ciudad, un estudiante de 14 años le pide a un asistente de inteligencia artificial (IA) que le explique las causas de un conflicto histórico. La respuesta llega en segundos. Parece sólida, está bien estructurada y suena convincente. El estudiante la copia, la entrega y obtiene una nota aceptable. Nadie verifica los datos. Nadie pregunta de dónde salieron. Nadie nota que dos de los hechos citados nunca ocurrieron.
En el salón de al lado, una profesora prohíbe los celulares y cualquier herramienta de IA. A la salida, los estudiantes sacan sus celulares y consultan al mismo asistente para la tarea de la tarde, esta vez sin ninguna guía.
Ambas escenas son pan de cada día. Y las dos muestran el mismo problema: la ausencia de mediación. La IA generativa no entiende lo que dice: calcula qué palabra es más probable después de otra, sin distinguir lo cierto de lo inventado. Para un adolescente sin base de conocimiento, esa diferencia es invisible. La pregunta de fondo no es si las escuelas deben usar IA, sino si estamos preparando a docentes y estudiantes para usarla con criterio. El acceso a estas herramientas no garantiza por sí mismo mejores aprendizajes.
Dos galaxias, un mismo colegio
Manuel Castells describió ese desfase con una imagen muy diciente: alumnos y maestros coexisten hoy en dos galaxias tecnológico-pedagógicas diferentes. Se refirió a España, donde más de un tercio de los estudiantes de secundaria ya emplea herramientas de IA para sus tareas. Del otro lado, el 84% de los profesores reconocen que verificar la autoría de los trabajos les genera una carga laboral que nadie compensa. Los estudiantes habitan un entorno digital que sus maestros no terminan de comprender y los maestros intentan defender estándares académicos con herramientas del siglo pasado.
Los datos de la OCDE en su informe Digital Education Outlook 2026 confirman que la fractura es internacional: el 37% de los docentes de secundaria reporta usar inteligencia artificial en su trabajo; al mismo tiempo, el 72% expresa preocupación por la integridad académica. Esas dos cifras dibujan una profesión que ya está usando estas herramientas sin entenderlas del todo. En Colombia, el desfase es aún más visible: la tecnología y el aprendizaje avanzan más rápido que las instituciones que deberían organizarlos.
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Frente a esa brecha, la reacción más frecuente es la ineficaz prohibición de celulares, redes sociales y aplicaciones, una medida que solo apaga incendios. Demonizar las herramientas ignora lo que realmente impulsa su mal uso: la presión por la rapidez, la evaluación centrada en el producto y la falta de mediación pedagógica. El riesgo real no proviene de la tecnología, proviene de quienes la ponen a circular en las aulas sin evaluar consecuencias.
Resolver la tarea no es aprender
Pero, entonces ¿qué pasa cuando los estudiantes sí usan la IA? Un experimento con cerca de mil estudiantes de secundaria, citado en el informe The Evidence Base on AI in K-12, de la Universidad de Stanford, midió lo que pasa cuando se da acceso libre a herramientas de IA para resolver problemas matemáticos. Quienes usaron la IA sin restricciones obtuvieron calificaciones bastante peores en el examen final (sin ayuda tecnológica) que quienes estudiaron con el libro de texto. Los que usaron una herramienta diseñada para dar pistas sin entregar la respuesta lograron resultados equivalentes.
La distinción reafirma que no todas las herramientas de IA hacen lo mismo. Prolongar la dependencia de la IA puede frenar el aprendizaje, como usar rueditas de entrenamiento demasiado tiempo en bicicleta. Las que entregan respuestas directas producen dependencia cognitiva: el estudiante pasa de un uso exploratorio a uno reproductivo, donde se limita a replicar información sin procesarla, con el riesgo de delegar procesos cognitivos esenciales.
En cambio, las que guían el razonamiento paso a paso, sin resolver el problema, obligan al estudiante a pensar. Quienes se esforzaron en la primera tarea sin ayuda tecnológica desarrollaron habilidades de resolución de problemas más sólidas. Aprender implica enfrentarse a la dificultad, cometer errores, volver a intentar. La comodidad algorítmica debilita justo aquello que la educación debería fortalecer.
En enero de 2026, la Brookings Institution publicó el informe A New Direction for Students in an AI World: Prosper, Prepare, Protect y concluyó que los riesgos de esa tecnología en la educación infantil y juvenil superan sus beneficios. Riesgos cognitivos (el estudiante delega el acto de pensar), sociales y emocionales (dependencias, errores factuales indetectables para quien carece de base) y de equidad (los jóvenes con mayores recursos usan la IA para expandir capacidades; los de menores recursos, como sustituto del aprendizaje).
Brookings apunta que la educación que incorpora IA sin una pedagogía del discernimiento termina debilitando aquello que dice proteger: la autonomía intelectual. Y, sin embargo, el mismo estudio reconoce usos valiosos. La IA se convierte en amenaza o en herramienta según el criterio, la ética y la responsabilidad con que decidamos utilizarla.

La trampa de la novedad y la de la prohibición
Con cada tecnología nueva ocurre lo mismo. Primero se anuncia que va a transformar la educación. Gobiernos y empresas la promueven como señal de modernidad antes de que alguien mida si funciona. Para cuando los datos matizan el entusiasmo, la adopción ya es irreversible. Pasó con las pizarras digitales, con las tabletas en las aulas y está pasando ahora con la IA generativa.
De los más de ochocientos estudios revisados por Stanford, solo veinte tenían evidencia causal sólida. Esa debilidad metodológica refuerza la advertencia de Brookings: sin datos que respalden la eficacia, la adopción masiva puede ser una apuesta a ciegas. Lo “nuevo” no es automáticamente mejor; a veces solo es más rápido y rentable. La trampa es confundir velocidad de implementación con mejora pedagógica.
Pero la trampa contraria es igual de peligrosa. Hablar de IA sin asignar recursos para evaluar su impacto es hacer teatro. Responder con vetos totales evita la conversación, no la resuelve. Superponer IA a sistemas de aprendizaje memorístico no transforma la educación, solo automatiza la repetición. Prohibir el contacto con la tecnología dentro del colegio no prepara al estudiante para el entorno digital que lo espera afuera. Puede ser un gesto táctico, pero la meta tiene que ser formar juicio.
Los propios estudiantes ya desconfían de docentes que simplemente reproducen contenidos generados por IA. Lo que piden es guía para corregir errores y promover el diálogo. No quieren censura ni permiso sin condiciones. Quieren acompañamiento.
Lo que falta: docentes como mediadores
La formación docente es la condición previa de cualquier política de IA en el sistema escolar. Un maestro que no distingue una respuesta generada por probabilidad estadística de una fundamentada en evidencia no puede enseñar esa distinción. Y tampoco podrá hacerlo si ignora cómo los niños están usando en sus vidas diarias los chatbots de IA. Sin ese diagnóstico, sin formación y sin tiempo para gestionar el nuevo triángulo maestro-IA-alumno, el “uso responsable” será un eslogan.
Y hay un riesgo adicional. La individualización extrema que prometen los sistemas de IA puede fragmentar el aprendizaje colectivo. Cuando cada estudiante recibe un contenido personalizado por un algoritmo, se debilita la clase como espacio donde se aprende a escuchar, a discutir, a construir con otros. La respuesta pasa por dar prioridad al pensamiento crítico, la creatividad, la colaboración y la inteligencia emocional. Confiar el desarrollo básico de un menor a agentes de IA es amputar una parte del aprendizaje que ocurre únicamente en la interacción humana.

La ley es tortuga, la pedagogía no puede esperar
Colombia carece de un marco legal que regule el uso de IA en el ámbito escolar. Las normas tardan años en discutirse y aplicarse. Mientras, miles de estudiantes terminan su ciclo sin herramientas para navegar un entorno donde la información fabricada es cada vez más indistinguible de la verificada.
El desafío no es puramente técnico, es antropológico. Exige fortalecer las condiciones humanas para pensar, vincularse y deliberar con autonomía. En paralelo, requiere una regulación sólida que establezca estándares de protección de datos para menores, límites de edad para plataformas de IA y criterios de transparencia para las herramientas que ingresan al sistema educativo. Algo se mueve en esa dirección: este 14 de abril la Unesco lanza en Santiago de Chile el Observatorio de Inteligencia Artificial en Educación para América Latina y el Caribe, primera plataforma regional dedicada a orientar políticas públicas sobre IA en la enseñanza. Que la región empiece a articular evidencia y marcos normativos es una señal necesaria, pero las aulas no pueden esperar a que esos marcos bajen al terreno. Y Computadores para Educar lanza en Bogotá la Red Nacional de Maestros Creadores en IA.
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Expulsar la IA de los pupitres no es una salida. Lo urgente es orientarla con sentido pedagógico. Aquí entra la Alfabetización Mediática e Informacional (AMI), como infraestructura transversal que enseña a leer la información como un mapa y a interrogar algoritmos. Debe articularse con la formación docente para que los maestros puedan acompañar a los estudiantes y convertir la IA en una aliada del razonamiento, no en su sustituto. De este modo, se consolidan desde los primeros años competencias cognitivas fundamentales, incluida la capacidad de discernir cuándo es mejor no usar la herramienta.
Esa mediación, además, pierde fuerza si se queda dentro del colegio. Padres y cuidadores deben ser parte de la conversación: de poco sirve que la escuela establezca criterios de uso si en casa el acceso es ilimitado y sin guía. Lo que ocurre hoy con los celulares, donde el mensaje del colegio va en contravía de lo que se permite en el hogar, no puede repetirse con la IA.

Del diagnóstico a las herramientas
Los ecosistemas informativos actuales (polarizados, fragmentados, vulnerables a la manipulación) no tienen protocolos claros para identificar, verificar y usar contenidos generados por IA. Y esos contenidos ya están en los bolsillos de los estudiantes. Cuanto más intente la escuela ignorarlos, más se usarán sin criterio.
Pero tampoco basta con denunciar el problema. El pensamiento autónomo no florece en el vacío. Necesita una escuela que, frente a la inmersión pasiva en pantallas, dé prioridad al diálogo, la convivencia y la experiencia directa. Los problemas de dispersión y fragmentación de la atención no se resuelven con vetos, se resuelven con una mediación pedagógica centrada en formular preguntas, no en recibir respuestas.
Mientras la deliberación pública madura y la regulación desde el Legislativo avanza con lentitud, los colegios son el laboratorio inmediato. Y ahí existe un espacio muy importante en la lucha contra el desorden informativo.
Se requieren metodologías estructuradas y adaptables, que conviertan la AMI y su componente de IA en una práctica diaria. Esas metodologías ya existen. Y conviene recordar que la IA en la escuela tiene dos caras: una es el uso pedagógico, donde importa es que el estudiante aprenda a pensar con la herramienta y no a pesar de ella; y el uso académico y administrativo, donde la IA puede ayudar al docente a planificar, calificar e investigar. Ambos usos son legítimos, pero confundirlos es un error.
Lo que el maestro necesita para preparar una clase no es lo mismo que lo que el estudiante necesita para formarse como ciudadano. En todo caso, conviene apuntar siempre a que la tecnología amplíe el juicio, no a que lo reemplace.
*Ph.D. en Ciencia Política de la Universidad de Turín (Italia). Ha sido docente e investigador de temas de comunicación política, periodismo y educación mediática e informacional. Miembro del equipo Educalidad.































