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¿Quién protege a la niñez en internet?

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Un celular puede parecer un objeto cotidiano, pero detrás de cada pantalla hay algoritmos que buscan nuestra atención, plataformas que aprenden de nuestros comportamientos y sistemas de inteligencia artificial capaces de mantener conversaciones con niñas, niños y adolescentes. Mientras los riesgos digitales crecen, una pregunta resulta cada vez más difícil de esquivar: ¿quién está poniendo límites a las tecnologías que utilizan?

En el episodio 12 de Desenredando la Información, conversamos con Alejandro Castañeda, jefe del Centro de Internet Seguro (Viguías) y director de la Oficina de Internet en Red PaPaz, sobre los riesgos que enfrentan las infancias en los entornos digitales y sobre una preocupación que trasciende a las familias y las escuelas: el vacío regulatorio que existe en Colombia.

De 2.600 a más de 55.000 reportes

Las cifras ayudan a dimensionar lo que está ocurriendo. En una década, los reportes de riesgos digitales relacionados con niñas, niños y adolescentes pasaron de 2.600 a más de 55.000.

El aumento puede reflejar una mayor conciencia y disposición para reportar, pero también nos obliga a mirar una realidad que ya hace parte de la vida cotidiana de las nuevas generaciones: los riesgos en internet no son excepcionales. Están presentes en los espacios donde estudian, se entretienen, se relacionan y construyen su identidad.

Hay más conectividad, más horas de pantalla y entornos digitales que cambiaron mucho más rápido de lo que cambian las políticas públicas o los manuales de convivencia. Por eso, la conversación sobre seguridad digital no puede limitarse a decirles a los adolescentes y jóvenes qué deben o no deben hacer. También tenemos que preguntarnos qué responsabilidad tienen las plataformas que diseñan esos entornos.

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Cuando las plataformas buscan nuestro apego

Durante años se habló de “economía de la atención”: aplicaciones peleándose los minutos de los estudiantes. Castañeda propone un nombre más incómodo para lo que ocurre ahora, y vale la pena incorporarlo al vocabulario de las comunidades educativas: la economía del apego.

La diferencia no es sutil. Una plataforma que busca atención quiere que el chico entre. Una plataforma que busca apego quiere que el chico la extrañe. Que le cuente cosas que no le cuenta a nadie. Que sienta que ahí sí lo entienden.

Las plataformas digitales no compiten únicamente por nuestro tiempo. También pueden diseñarse para generar vínculos emocionales y dependencia. Esta lógica adquiere una dimensión especialmente delicada cuando hablamos de niñas, niños y adolescentes, cuya relación con las tecnologías ocurre durante etapas fundamentales de desarrollo.

El desafío se vuelve todavía mayor con la inteligencia artificial. Castañeda advierte sobre los riesgos de los motores de búsqueda y otras herramientas de IA cuando interactúan con infantes y pueden simular empatía o presentarse como interlocutores confiables.

El episodio recoge un caso especialmente inquietante: una niña de 11 años utilizó un buscador con inteligencia artificial para consultar asuntos sensibles. En lugar de establecer límites frente a la situación, la herramienta respondió como si fuera una confidente y entregó consejos potencialmente peligrosos.

Esto nos lleva a una pregunta que necesitamos llevar también a las aulas: ¿qué ocurre cuando una tecnología diseñada para responder a nuestras preguntas no sabe —o no quiere— decirnos que no?

De la privacidad a la seguridad por diseño

Durante años hemos hablado de la importancia de la privacidad en internet. Sin embargo, el episodio plantea la necesidad de dar un paso más: pasar de la “privacidad por diseño” a la “seguridad por diseño”.

La diferencia es fundamental. No basta con que las plataformas incorporen mecanismos para proteger determinados datos. También necesitamos que desde su concepción consideren la seguridad de quienes las utilizan, especialmente cuando se trata de población menor de edad.

Esto significa trasladar parte de la responsabilidad hacia quienes crean y administran los entornos digitales. No podemos esperar que familias, docentes y estudiantes sean quienes tengan que enfrentar por sí solos sistemas diseñados por grandes compañías tecnológicas.

Un vacío que también es educativo

En países como Australia e Inglaterra se han creado autoridades y mecanismos específicos para regular las plataformas digitales y proteger a la niñez. En Colombia, según lo expuesto durante la entrevista, no existe una autoridad con facultades equivalentes para frenar los abusos de las grandes compañías tecnológicas.

Este vacío regulatorio tiene consecuencias que también llegan a las escuelas. Las familias y los docentes terminan asumiendo una responsabilidad enorme frente a problemas que no pueden resolver individualmente: algoritmos adictivos, exposición a contenidos perjudiciales, explotación sexual en línea o interacciones riesgosas con sistemas de inteligencia artificial.

La educación mediática resulta entonces indispensable, pero no suficiente. Necesitamos formar a niñas, niños y adolescentes para comprender los entornos digitales, reconocer sus riesgos, cuestionar la información y tomar decisiones responsables. Al mismo tiempo, necesitamos exigir que esos entornos sean construidos pensando en su seguridad.

Prevenir antes de que sea tarde

La conversación también nos muestra que la protección no comienza cuando el daño ya ocurrió.

Viguías cuenta con una línea de ayuda confidencial a través de WhatsApp para prevenir conductas sexuales perjudiciales en línea. Se trata de un interés por la prevención secundaria: anticiparnos a posibles daños y actuar oportunamente.

Este enfoque nos recuerda algo esencial: hablar de seguridad digital también significa crear condiciones para que niñas, niños y adolescentes puedan pedir ayuda, hacer preguntas y contar lo que les ocurre sin miedo a ser juzgados.

La responsabilidad es compartida

La pregunta inicial vuelve a aparecer: ¿quién protege a la niñez en internet?

La respuesta no puede ser únicamente las familias. Tampoco las escuelas. Y mucho menos niñas, niños y adolescentes, a quienes no podemos pedir que se defiendan solos frente a tecnologías diseñadas por empresas con enormes capacidades económicas y tecnológicas.

Necesitamos una responsabilidad compartida que incluya a las plataformas, el Estado, las familias, las instituciones educativas y la sociedad civil.

Desde Educalidad creemos que esta conversación hace parte de una alfabetización mediática que no consiste solamente en aprender a utilizar herramientas digitales. También implica comprender cómo funcionan, qué intereses hay detrás de ellas, qué riesgos presentan y qué derechos tenemos cuando las utilizamos.

Quizá una de las preguntas más importantes que podemos llevar hoy a nuestras aulas sea esta: si una plataforma está diseñada para captar nuestra atención, ¿quién se está ocupando de proteger nuestra libertad para decidir cuándo desconectarnos?

Debemos tener presente que cuidar en los entornos digitales también significa educar, prevenir y exigir condiciones más seguras.

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